
por Margarita Mendieta Ramos
Espacios, voces y correspondencias
de la cultura escrita
Judith Kalman. Saber lo que es la letra . Una experiencia de lectoescritura con mujeres de Mixquic . México: IEU- Siglo XXI Editores, 2004, 190 p. |
Abrir el libro en cualquiera de sus partes en un intento por asomarse a su contenido hace que el lector quede atrapado entre sus líneas y sus letras, por la sensación de llegar a un espacio educativo con olor a gente y a pueblo. Al quedarnos ahí encontramos la experiencia de lectoescritura de la autora y un equipo de investigación con un grupo de mujeres de San Andrés Mixquic, una localidad de la periferia del Distrito Federal con 11 400 habitantes, que vive el proceso de transición de lo rural a lo urbano en una serie de problemas socioeconómicos característicos de diversas regiones mexicanas.
El relato de esta experiencia de alfabetización en el contexto local enlaza cultura, lengua escrita y convivencia en un lenguaje asequible a cualquier clase de lector; le da voz a los habitantes del poblado y nos permite familiarizarnos desde el principio con las mujeres que aparecen en la narración y en las imágenes, con su transcurrir cotidiano, sus problemas, sus emociones, sus aventuras, sus alegrías y su sentido del humor.
El libro es fruto de varios años de investigación y de actividades de intervención educativa que lo hicieron merecedor al Premio a la Investigación sobre Cultura Escrita 2000 otorgado por el Instituto de Educación de la UNESCO .
El origen de la investigación era indagar en la comunidad acerca de las prácticas de lengua escrita y estudiar cómo ocurre su apropiación y su uso en la vida diaria. Sin embargo, durante la marcha del proyecto surgieron necesidades de asesorías en un círculo de estudio de mujeres que dieron lugar a nuevas formas de trabajo educativo y a nuevos e inesperados aprendizajes para las personas de la comunidad, para la autora y para el equipo investigador que la acompañó.
La propuesta teórica que se sostiene a lo largo de la obra es que la alfabetización es un proceso de aprendizaje y un proceso de uso de la lengua escrita para participar en el mundo social; y por tanto alfabetizarse, más que leer y escribir, más que rasgos y sonidos, implica la construcción de prácticas de comunicación en contextos específicos, que incluyen procesos sociales.
Entonces un alfabetizado es una persona que utiliza la lengua escrita para participar en el mundo social. Alfabetizarse, dice Kalman, significa aprender a manipular el lenguaje escrito de manera deliberada e intencional para participar en eventos culturalmente valorados y relacionarse con los otros.
El concepto de alfabetización se entiende aquí como un mosaico de prácticas sociales que varían según el contexto de uso, pues ocurren en contextos específicos y complejos, en dimensiones históricas, interactivas, interpretativas, ideológicas y políticas.
Desde esa posición, el grupo de investigación encontró en el contexto diversidad de usos de la lengua escrita en Mixquic: letreros, formatos de recibos, listas, cuentas, anuncios en bardas, etc., y espacios para leer y escribir como la escuela, la iglesia, la biblioteca, el kiosko, el ambiente familiar, etc. Esta abundancia de usos de la lengua escrita en el ambiente cotidiano caracterizó a Mixquic como un espacio para leer y escribir. Específicamente en el grupo de mujeres de la comunidad, donde el equipo tuvo la oportunidad de acompañar los procesos de aprendizaje e identificar lo que significa para el grupo su participación en un programa educativo durante un tiempo sostenido.
La actividad educativa abordó el aspecto de género desde que el acercamiento con el grupo propició el conocimiento de cuáles son los procesos que obstaculizan o facilitan el acceso de las mujeres a la educación y cuál es la razón de que se alejen de los programas educativos. El acercamiento a la comunidad para saber cómo ocurre su apropiación de la lengua escrita y cómo una comunidad determina las posibilidades de las mujeres para acceder a la cultura escrita, así como el análisis de las transformaciones que en los últimos años han ocurrido frente a esta situación, dio inicio a esta investigación que requería acercarse a la lectura y escritura en proceso, para captarlas en la acción.
Esta postura metodológica implica la idea de que las prácticas son acciones en las que el sujeto actúa en determinado tiempo y espacio. Se lee y escribe de diferentes maneras y con distintas herramientas (pantalla, página, gis, teclado, en pizarrón, etc.), entonces en las prácticas confluyen habilidades, tecnologías, el conocimiento de las personas y el conjunto de creencias que se tiene sobre ellas.
Las estrategias para conocer las prácticas de lectura y escritura fueron diversas y basadas en la participación de las mujeres en el programa; se partió de la observación de actividades y su posterior análisis, con el apoyo del audio, la recopilación de escritos, documentos, fotografías y entrevistas. Se construyeron categorías de análisis a partir de conceptos y los datos mismos, buscando patrones de conducta y pensamiento en el uso de la lectura y escritura.
El conocimiento de la comunidad requirió la visita de diferentes sitios para encontrar ejemplos de lengua escrita en todos los espacios sociales: el templo, la escuela, el mercado, el panteón, etc., así como entrevistas a figuras locales. Los datos se organizaron identificando los fenómenos reiterados, es decir, las situaciones de leer y escribir, sus usos, materiales y las expectativas que se tienen de ellos.
En cuanto a la accesibilidad y disponibilidad de la lengua escrita en diferentes lugares y momentos, Judith Kalman propone la noción de espacio generador de lectura y escritura y encuentra tres tipos de situaciones en relación con esta noción: situaciones de demanda (donde se exige la necesidad de lectura o escritura para participar, como por ejemplo el voto); situaciones de andamiaje (una lectoescritora le enseña a otra), y situación voluntaria (donde se elige leer y escribir como forma de participación). Crear estas situaciones, según la autora, es la base de una intervención educativa que pretenda crear un espacio generador de la cultura escrita, y para eso se requiere localizar eventos de lengua escrita fuera del aula y entender cómo se participa en ellos.
Para conocer la presencia y usos de la lengua escrita en la familia, se elaboró una encuesta en una muestra de 179 personas, de las cuales más de 75% eran mujeres, entre 6 y 97 años. Consideraron la experiencia de las mujeres según edades: bisabuelas, abuelas, madres e hijas. El trabajo final enfatizó cuatro puntos de vista: las prácticas en la comunidad, los saberes previos, la propuesta de enseñanza y las formas de participación y aprendizaje.
Esta experiencia de alfabetización, arraigada en el contexto local de un grupo de mujeres, vincula investigación e intervención educativa cuyo planteamiento metodológico está construido desde la misma localidad y las mismas participantes. En la investigación se encontraron conocimientos que sirven de puente entre oralidad y escritura, y la intervención educativa marcó el inicio de un proceso de transformación de conceptos que relacionan lectura y escritura con escolarización, hacia nuevos usos y formas de hacer que cuenten además con la habilidad de leer y escribir como una herramienta cultural útil para su vida diaria.
La autora deja en esta obra testimonio de los aprendizajes adquiridos. Uno de ellos es que los espacios son transformables, por ejemplo en la organización de un calendario de plantas medicinales con el grupo de mujeres, al conocimiento que se traía de una generación a otra de manera oral se le dio un formato escrito culturalmente valorado que propició oportunidades de interacción y aprendizajes. De la misma manera, otras prácticas pueden servir para ampliar las oportunidades de lectura y escritura orientándolas hacia varias modalidades de apropiación.
Uno de los resultados de esta investigación es que demuestra que la atención a las necesidades educativas de los adultos requiere de tiempo, contrario a lo que ocurre en los programas "instantáneos" para la alfabetización tan usados en el mundo, que poco promueven la apropiación de la cultura escrita. Pero también requieren de la formación de los instructores, pues en la experiencia fue determinante la formación del equipo de investigación que asumió las tareas de la instructora que estaba al frente del grupo y dejó de asistir. Entre las conclusiones de la autora encontramos que un proceso dirigido de alfabetización no necesariamente tiene que partir de letras y sonidos, sino de los textos y usos de la lengua escrita, pues el conocimiento se da en la práctica. Además la política de alfabetización que distingue aprendizaje inicial, posalfabetización y educación básica queda en evidencia ante el estudio que muestra la fluidez que existe entre generaciones y su convivencia y aprendizajes compartidos entre abuelas, hijas y madres.
El trabajo en comunidad descrito deja ver la importancia de las acciones a nivel local, pues desde ahí pueden surgir opciones para la solución de la problemática. En el caso de Mixquic, entre otras propuestas con base en la práctica, se vio la necesidad de diseñar políticas educativas acompañadas de políticas culturales que amplíen los espacios sociales para la lectura y la escritura más allá del aula. Además de una política financiera que permita promover programas culturales, diseñar propuestas pedagógicas para el uso de la computadora y formar y remunerar adecuadamente a los educadores de adultos.
La autora aclara los rumbos por los que pueden encaminarse nuevas formas de organización y convivencia educativa, donde el punto de partida son los contextos y las vías de acceso a la cultura escrita. Es por eso que constituye este libro una puerta abierta hacia el provenir, y al mismo tiempo es un espacio generador de lectura y escritura que permite a los lectores interactuar, aprender, imaginar e inventar.