
por José Emilio Pacheco
Imágenes de Carlos Blanco
Nadie tiene más derecho que ellos a ser llamados mexicanos. Son las raíces, las bases, los alimentadores del país. Un país que se hizo por ellos, sobre ellos, contra ellos. Nunca para ellos. Durante años quisimos ignorarlos. Nosotros, la pobre gente, la pobre clase media de las ciudades y en especial de esta exciudad sin más nombre que dos iniciales oficialescas -D.F.-, pensamos, dopados por el humo de la "modernización", que representaban lo arcaico, el pasado, el lastre que nos impedía parecernos a nuestros modelos imperiales. Creímos que la comida era fabricada a partir del vacío por máquinas de perfección incomprensible. Intentamos darles la espalda, olvidarlos, negarlos negándonos. Porque su huella, su peso, su presencia seguían allí, dentro y fuera, en nuestros actos, nuestra habla, nuestros rasgos, nuestra sangre.
El cielo que nos tenía prometido la industrialización se transformó en el infierno cotidiano. Ellos pagaron el precio y ahora nos obligan a compartirlo. El gran proyecto fracasó. No tenemos alimentos pero tampoco industria nacional. El campo se despuebla. Sus hombres y sus mujeres van a subsidiar con su mano de obra malpagada la economía norteamericana y, dentro del país, toman posesión de las ciudades que no querían saber de ellos y se soñaban libres de su pasado rural.
Nuestros rascacielos y supercarreteras
han crecido en la milpa. Vivimos con un pie
en los dos mundos y no sabemos dominar
ninguno. Lo atestiguan el gran desorden
nacional y su testimonio ejemplar: la gran
catástrofe urbana a la que es imposible seguir llamando ciudad de México.
Todos venimos de ellos y somos como ellos por más que intentemos disimularlo, en vez de reconocernos y asumirnos en un nosotros plural. Pero ahora los puentes de comunicación se han vuelto muy escasos y hasta que no encontremos el lenguaje común habrá que hablar de ellos en tercera persona. Ellos, hijos de la derrota. Catástrofe del mundo indígena que los transformó de dueños de la tierra en esclavos para el enriquecimiento de quienes los sobrexplotaron, alcoholizaron, violaron, marcaron a fuego, despreciaron, llamaron "flojos". Ya en el siglo XVIII Clavijero refutaba para siempre las dos nociones infamantes de la inferioridad y la flojera: quiénes si no ellos construyeron en todos sus ámbitos el país.
Se rebelaron. Libraron una guerra cruenta. Derrotada la revolución de independencia, triunfó la contrarrevolución iturbidista. Todo siguió igual para ellos. Durante la invasión francesa fueron la encarnación del heroísmo: los chinacos triunfaron. Se les prometió todo y no se les dio nada. Hicieron la revolución.
En un momento los ejércitos campesinos tuvieron a México en sus manos. Les fue arrebatado y se asesinó a sus caudillos. El millón de muertos que dejó la lucha iniciada en 1910 salió en más de un noventa por ciento de sus filas.
Y luego sesenta años de promesas, discursos, papeles, murales, películas, planes, proyectos. Cambiarlo todo para que todo siga igual. Latifundismo, caciquismo, violencia, despojos, asesinatos masivos, corrupción, falta de tierra, de agua, de semillas. La opción de cruzar el Bravo o de asumir el horror de las "ciudades perdidas" y ser subempleados, desempleados, marías, tragafuegos, vendedores de baratijas. Esperar, esperar, que al fin el próximo presidente será, como todos los anteriores, "el primer agrarista del país" y "consumará la reforma agraria" y "dará al campo su impulso decisivo, acabando con los viejos vicios que arrastramos de pasados regímenes".
Todo lo que estas líneas esbozan lo sabemos de sobra, pero como solemos olvidarlo habrá que repetirlo siempre. O tal vez bastará mirar las imágenes de Carlos Blanco, sus fotografías sin énfasis -"desdramatizadas", para emplear un término del fugaz vocabulario de esta época- y por ello más contundentes, más trágicas en el sentido profundo de esta palabra.
Carlos Blanco sabe que la realidad de nuestros campesinos es lo suficientemente
atroz como para hacer redundante cualquier
tentación de tremendismo o sensacionalismo en sus fotografías magistrales. Le basta la elocuencia de un gesto, la expresividad de una actitud. Blanco no separa a sus hermanos y hermanas en un ellos y un nosotros. En la mirada que objetiva su cámara no hay la menor condescendencia, el más leve asomo de superioridad por bien intencionada que ésta sea. No está arriba ni abajo de sus personajes, de los protagonistas de sus fotos: se encuentra sobre la misma tierra, comparte el mismo destino, nos recuerda que nos salvaremos juntos o nos hundiremos con ellos.
La urgencia y la magnitud de su tema en ningún momento lo hacen olvidar que, antes de ser cualquier otra cosa, una fotografía es una composición de luz y sombra: una obra de arte. El inmenso valor testimonial de las suyas se redobla por su impecable calidad estética. Su eficacia social está en razón directa de su maestría como artista. Vemos sus imágenes y ya no las olvidaremos mientras sigamos con vida. Carlos Blanco las ha grabado con tintas indelebles bajo nuestra piel. Este era su propósito, no buscaba fines personales ni ventajas en el hitparade de nuestras artes plásticas. Sin embargo, después de ver sus obras, es preciso situar a Carlos Blanco entre los grandes fotógrafos mexicanos.
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Pinotepa de don Luis, Oaxaca |
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Iglesia de Santiago Apóstol / Tupátaro, Michoacán
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