por Juan Carlos Tedesco
El 30 de mayo, después de un proceso de seis meses de padecimiento y
a los poco más de 50 años de edad, falleció Cecilia Braslavsky. En el
mundo de los educadores la noticia ha provocado una profunda
conmoción. Para aquellos que además de colegas, éramos sus amigos, la
noticia de su muerte es motivo de dolor y tristeza sin consuelo.
Recordar a Cecilia implica comprender que es posible combinar pasión
con racionalidad. Esa fue la característica principal de toda su corta pero
muy productiva vida profesional. Murió en Ginebra, donde ocupaba el
cargo de Directora de la Oficina Internacional de Educación de la UNESCO
desde el año 2000. Allí puso de manifiesto toda su energía y su inteligencia
para llevar adelante un necesario proceso de renovación institucional,
basado en la idea de convertir a la OIE en un centro de información, de
diálogo, de innovación y de investigación orientado a promover la paz,
la comprensión internacional y la capacidad de aprender a vivir juntos, a
través de la acción pedagógica en la escuela.
Llegó a Ginebra después de una fecunda experiencia de trabajo en
América Latina y en su país, la Argentina. Allí formó a muchos de los
profesionales que hoy ocupan puestos de importancia en gobiernos y
centros académicos. Allí también participó apasionadamente en los
procesos de reformas educativas, no sólo debatiendo o investigando,
sino asumiendo fuertes compromisos con la gestión y la administración
de esos procesos.
Los aportes de Cecilia a la teoría y a las prácticas pedagógicas están
reflejados en su obra escrita. No es éste el momento ni el lugar para
hacer su análisis. La historia se encargará de ello. En este momento, en
cambio, sólo es posible recordarla, sentir su ausencia y acompañar a los
suyos en el dolor.