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La Escuela Granja: ¿un espacio de encuentro entre educación básica y trabajo para jóvenes pobres?
 
por Elisa Cragnolino
María del Carmen LorenzattiVer pies de página


Del abordaje histórico – pedagógico de un proyecto educativo en Argentina –La Escuela Granja– , las autoras desentrañan las complejas relaciones existentes entre la educación, el trabajo y los jóvenes. Muestran la dificultad que implica pensar en proyectos pertinentes para este grupo que es aún hoy un reto para la EPJA, especialmente si se trata jóvenes con alto grado de exclusión (incluida la escolar) y vulnerabilidad social, como lo son los “menores correccionales”, es decir, aquellos jóvenes con problemas familiares y económicos que han incurrido en algún delito. Nos recuerdan que no es lo mismo capacitación que educación en y para el trabajo, que de los conceptos desde los cuales se parte con respecto a los jóvenes dependen las propuestas pedagógicas que se establecen e, incluso, el tipo de escuela que se forma; que la educación básica debe entenderse no como un mínimo sino como los aprendizajes necesarios para la vida, etc. De la revisión de estos temas, los cuales se incluyen dentro de una investigación en curso, las autoras se plantean una de las preguntas medulares de la EPJA sobre el lugar que ocupa la escuela dentro del desarrollo social de una persona, específicamente, sobre el papel y la utilidad de la escolaridad en la vida productiva y el mercado de trabajo de y para jóvenes.

Introducción

En la actualidad, la cuestión de los jóvenes aparece en los más diversos ámbitos de reflexión y, en general, los diagnósticos no son muy optimistas. Signos visibles de un presente en decadencia o promesa de un futuro que se aspira transformar, la juventud se ha convertido en uno de los objetos centrales de discusión. Obra como espejo de lo que una sociedad es o puede llegar a ser; es allí donde cada sociedad descubre sus propias fallas, y se las delega para poder convertirlas en una cosa exterior y relativamente ajena (Tenti Fanfani, E. Sidicaro R., 1998).

En Argentina, pese a los signos de cierta recuperación económica y baja del desempleo que caracterizan a los últimos años, uno de cada tres argentinos sigue viviendo en un hogar pobre. En el primer semestre de 2006, 31.4% de la población es pobre (12.1 millones de personas) y 11.2% es indigente (4.3 millones de personas).

Los niños, niñas y jóvenes son los más golpeados en este contexto y en diferentes instancias, desde diferentes organismos y eventos, se denuncia esta situación de “infantilización de la pobreza”, que no parece revertirse. El sociólogo Artemio López, en su documento “Juventud, ¿divino tesoro?” (2006) afirma que luego de más de dos años y medio de crecimiento económico, superior al 9% anual, casi la mitad de los jóvenes y adolescentes de entre 14 y 24 años son pobres, 17% es indigente. 3.5 millones de jóvenes viven hoy en hogares pobres y son 550 mil los chicos entre 14 y 18 años desertores de la escuela secundaria. El 27% se encuentran desocupados; el desempleo ronda entre 35 y 40% entre los 18 y 29 años. De los que tienen empleo, 7 de cada 10 están en negro.

Estos jóvenes provenientes de los sectores más pobres, que por diversas razones han quedado afuera del circuito escolar regular, y que a su vez, constituyen el grupo más afectado por la falta de empleo se constituyen a menudo en los actores principales de las discusiones sobre la juventud enmarcadas desde visiones profundamente negativas.

Es sobre estos jóvenes que detenemos nuestra mirada en una investigación que estamos desarrollando. Se trata del Proyecto “Escolaridad básica y cultura escrita en los jóvenes y sus familias: una trama compleja para pensar la intervención educativa”.

Este estudio tiene un doble propósito: por un lado, relevar las políticas e iniciativas que diferentes organismos públicos y de la sociedad civil desarrollan en la provincia de Córdoba, Argentina y que buscan la inclusión de los jóvenes en el sistema de educación básica de jóvenes y adultos. Nos interesa identificar allí el lugar del conocimiento y prácticas de cultura escrita. Por otro lado, realizar un estudio de caso en una institución para analizar la presencia de estas prácticas en las propuestas de escolaridad y talleres productivos, y las relaciones que existen entre este conocimiento específico de los jóvenes en el espacio escolar y el mismo conocimiento en sus familias.

El estudio de caso se realiza en una institución particular: se trata de una “Escuela Granja” que se encuentra ubicada en la zona rural de una ciudad del interior de la provincia de Córdoba.

Este tipo de escuelas forma parte de un conjunto de instituciones que intentan dar una respuesta a la problemática de los jóvenes en situación de vulnerabilidad social. Son “emergentes” que ambicionan generar un espacio distinto que articule educación y trabajo, y en nuestra provincia intentan configurarse como una institución diferente del servicio brindado por el sistema educativo formal de jóvenes y adultos.

La propuesta educativa que presentamos en este artículo se enmarca en la modalidad de jóvenes y adultos bajo las siguientes preguntas: ¿cuáles son los procesos políticos que la constituyen como institución y cómo se construye socialmente esta “propuesta alternativa” para la población juvenil?, ¿ quiénes son los jóvenes destinatarios de la misma, y ¿en qué medida se concreta la pretendida articulación educación básica y trabajo en esta institución particular?
Jóvenes, educación básica, trabajo, institución, políticas son los términos en cuya intersección se aborda esta problemática. Términos que remiten a muchas miradas, diferentes maneras de acercarse a ellos y cantidad de investigaciones teóricas y empíricas que orientan la aproximación al objeto y la definición de las estrategias metodológicas.

La manera en que se define a la juventud, a la educación básica, al trabajo y a la institución educativa, no sólo son preocupaciones teóricas, sino también tiene implicaciones en la definición de prioridades y estrategias en las políticas hacia el sector.

A continuación recuperamos algunos antecedentes y referencias conceptuales que nos sirven para reconstruir la trama compleja de la problemática estudiada. Nos referimos luego a cómo se configura socialmente la escuela granja, considerando fundamentalmente su primera etapa, para ver luego quiénes son sus alumnos y finalmente cómo se presenta aquello que, al menos en los discursos, era lo distintivo de la escuela, esto es, la articulación educación y trabajo.

La juventud como objeto de preocupación teórica

Se trata de una temática extensamente investigada y que en los últimos años ha dado lugar a una vasta bibliografía abordada desde la sociología, la antropología, la ciencia política, la psicología.

El trabajo del sociólogo Claudio Duarte (2000) sobre las ideas e imágenes que se sostuvieron (y sostienen) en América Latina en torno a la juventud puede constituirse en punto de partida para interpelar este concepto. Duarte sostiene que tanto en las instituciones sociales y educativas como en las políticas conviven diferentes versiones sobre las y los jóvenes. La visión clásica y hegemónica para pensar a este grupo social, lo plantea como una etapa de la vida, diferente de otras, y lo asume como “instancia de preparación”. Esta dimensión incluye una mirada social, ya que plantea la integración al mundo adulto de consumo y producción y, también una maduración biológica para contribuir a la procreación. Dentro de esta visión clásica, el autor diferencia cuatro versiones sobre la juventud:

La primera, constituida como etapa de aprestamiento hacia el mundo adulto, sus normas y responsabilidades. La idea de la “moratoria psicosocial” planteada por Erikson (1979) se convierte en el cliché para definirla.

La segunda, plantea a la juventud como un grupo social clasificado sólo por una cuestión etarea. Con respecto a esta versión, Duarte retoma el planteo de Bourdieu (1990) sobre la edad, en tanto hecho manipulable y manipulado. Así, para hablar de juventud hay que comenzar preguntándose quién la aplica?, ¿a quién?, ¿para qué? Es decir, hay que preguntarse por las luchas y apuestas que hay detrás de los actos de imposición de fronteras entre edades. Definir en una sociedad determinada que ser joven forma parte de una clasificación que implica una imposición de límites dentro de cierto orden socialmente construido. Se trata siempre de una categoría relacional, que adquiere sentido particular de acuerdo al contexto social, la clase, el período histórico, pero que además remite a las luchas sociales por la reproducción. Así, frente a la edad biológica es preciso distinguir la “edad social” que es función de la dinámica y evolución del campo considerado.

La tercera y cuarta versión pueden presentarse conjuntamente. Una habla de la juventud como el conjunto de actitudes frente a la vida, las cuales se encuentran definidas por el eje “adultocéntrico” (ibid: 3) y prefigurado sobre el modo de relacionarse con el mundo. En tanto, la cuarta versión los piensa como generación futura, adultos en potencia, para reproducir la sociedad. En ambas es importante señalar la “deshistorización” que de los jóvenes se produce; se niega el valor constructivo de la realidad que sus producciones e interacciones brindan.

Frente a estos planteamientos Duarte señala una desventaja significativa; esta visión en su discurso homogeniza las diferentes posiciones que los jóvenes ocupan en el entramado social. También advierte que singularizar el término juventud, más que una cuestión gramatical, es una consideración de clase. Los parámetros para definir quién es joven y quién no se estructuran desde las matrices valorativas de las clases dominantes. Por ello, propone mirar desde la diversidad al mundo social de los y las jóvenes: “... La juventud niega existencia, porque ella encajona, cierra y mecaniza la mirada; rigidiza y superficializa el complejo entramado social que hemos denominado juventudes” (ibid: 6).

En síntesis, cuando se habla de jóvenes es preciso tomar en cuenta otras variables o características distintivas además de la edad. Entre ellas, la fundamental, es la condición de existencia. La edad no puede tomarse como una variable independiente, hay que considerarla en el contexto de las dinámicas sociales y sus efectos diferenciales en función de las distintas posiciones sociales de los sujetos. En consecuencia, para comenzar a hacer objetivas ciertas características de los jóvenes que se constituyen en demanda potencial o efectiva de educación de adultos, hay que comprender su posición en el marco específico de determinadas condiciones sociales, es decir, su condición y trayectoria de clase, después podemos plantear la relación entre este grupo de jóvenes, el sistema escolar y el mercado del trabajo. Esta relación debe estudiarse “como el producto de la relación entre dos sistemas de relaciones”: el que produce el sujeto y el estado del sistema escolar o del mercado de trabajo (Martín Criado: 89).

Esta perspectiva es la que permite tomar distancia de aquella otra noción que, producida como categoría de sentido común de percepción de la sociedad, hace que la juventud se convierta en un “actante” del relato sobre la misma; es allí donde se pierden de vista las distintas condiciones materiales y sociales de existencia de los diversos sujetos a los que llamamos “juventud” (Martín Criado, 1998: 16).

Recuperamos este último enfoque porque rompe con la imagen de una juventud unificada y de una “cultura juvenil”. Son muchos los debates y discusiones sobre la temática desarrollada en los ámbitos académicos en los últimos años, y su revisión amerita en sí misma todo un trabajo. Nos interesa retomar aquí, por la vigencia que tiene en los ámbitos educativos, sólo algunos de ellos. Nos referimos a los inspirados por la Escuela de Birminham, que en los 80 y los 90 abordan las prácticas culturales juveniles; los estudios sobre las “bandas”, “subculturas juveniles”, en particular el de Maffesoli (1990) y los inspirados por este autor que enfocan las dimensiones expresivas de la experiencia social de jóvenes, Margulis (1998); los de Duschatzky (1990, 2002) que se ocupan de las relaciones que los jóvenes de sectores populares establecen con la escuela.

Seguimos en este punto a Padawer (2004) quien critica estas aproximaciones, ya que cuando son popularizadas en el sentido común, y también en investigaciones académicas, heredan las interpretaciones culturalistas de la alteridad que presuponen sujetos homogéneos y sobredeterminados por la cultura. Señala, retomando a Reguillo (2000), “que la mayoría de los estudios sobre culturas juveniles reducen las diferencias al tipo de inserción socioeconómica de los jóvenes (sector alto, medio o bajo), descuidando las especificidades subjetivas que inciden tanto como los marcos objetivamente desiguales de la acción; así como los condicionantes históricos (ibid: 9). Con base en el trabajo de Padawer citamos, en cambio, estudios recientes como los de Reguillo, Feixas (1998) o Dayrell (2003) quienes establecen desde el punto de vista teórico relaciones entre las dimensiones expresivas de la vida social, política y económica que resultan relevantes para entender las adscripciones identitarias; también los que, desde el punto de vista teórico-metodológico, describen los procesos sociales considerando las contradicciones del sentido común y la apropiación de las clasificaciones sociales no como imposición y homogenización, sino como posibilidad de los sujetos de reflexionar sobre su propia condición social.

Esta manera de entender la juventud, que remite necesariamente a las condiciones sociohistóricas concretas, supone reconocer el modo singular en que en cada sociedad particular, y en los diferentes grupos sociales se produce el acceso a la educación y la escolaridad básica.

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