Año 30 / No. 1 / enero - junio 2008 / nueva época    
 
 
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Los museos en la educación de personas jóvenes y adultas
 
por Luz Maceira Ochoa

Los museos ofrecen posibilidades muy variadas de contacto con realidades distintas a las propias y genera intereses, deseos, reacciones y dinámicas personales y sociales de lo más diversas. Las visitas a los museos generan multitud de interacciones (con los objetos, con los espacios y con otras personas) y detonan sensaciones, emociones, recuerdos, etc., que a través de una adecuada mediación pueden convertirse en experiencias significativas de aprendizaje para personas jóvenes y adultas. Las reflexiones que se presentan son resultado de un trabajo de investigación basado en la observación en salas del Museo Nacional de Antropología y del Museo Nacional de Historia, ambos en la ciudad de México. La autora propone valorar y explorar el amplio potencial educativo de los museos en la EPJA, que va desde la reafirmación de contenidos hasta la construcción de identidad, pasando por la experiencia estética y lúdica, elementos fundamentales de la museografía.


Introducción

La educación de personas jóvenes y adultas (EDJA) puede ser sumamente compleja si quiere mirarse desde una óptica amplia e incluyente. Graciela Messina (2005) ha recordado ya que se compone por personas dedicadas tanto a la alfabetización y a la educación no formal, como a la capacitación e instrucción, y a la educación superior, que incluye incluso la misma formación de formadores y formadoras; abarca así desde la educación básica hasta la especializada, y un amplio abanico de temas, de modalidades y de sectores. Proponer prácticas y teorías útiles para un campo tan heterogéneo es difícil. Sin embargo, analizar las potencialidades formativas de un contexto específico, y reflexionar sobre la multiplicidad de opciones que puede brindar al campo de la EDJA es una tarea más sencilla y que puede resultar útil. En este sentido me propongo analizar las características del museo como un espacio formativo, identificando algunas de las implicaciones pedagógicas para la EDJA y suponiendo algunas prácticas concretas o campos de aplicación particulares.

Esta reflexión parte de un trabajo de documentación y empírico en el que he observado a los públicos de todas las edades en las salas de dos grandes museos mexicanos: el Museo Nacional de Antropología (MNA) y el Museo Nacional de Historia (MNH). Durante las más de 115 horas de observación directa de las personas en las salas de estos museos, he podido reconocer múltiples experiencias que tienen lugar en ellas, cuyo potencial educativo es muy amplio, y cuyo reconocimiento y debate pedagógico son muy limitados, y más si se trata del público joven y adulto. Al menos en América Latina ni los estudios de museos ni las discusiones educativas han generado una reflexión sistemática sobre la formación de personas jóvenes y adultas en los museos.

El debate mismo sobre la educación en general dentro de los museos es restringido. Una de las razones que explica esto es que las definiciones oficiales o usuales del museo ubican entre sus funciones específicas: recopilar, documentar, investigar, preservar, exhibir y difundir el patrimonio natural y cultural de la humanidad. La función educativa del museo, o es tan obvia que no ha sido definido como tal, o se reconoce como una de las finalidades que se subsumen dentro del borroso término de “difusión del patrimonio”. No obstante esta situación ambigua de la función educativa del museo en términos de sus definiciones y funciones prioritarias, la creación de los museos desde sus orígenes ha cumplido la tarea de “ilustrar”, y en concreto, en México y en muchos otros países ha implicado desde el inicio una misión pedagógica más o menos clara. Estas instituciones han echado mano de distintos medios para consolidar esa misión, entre ellos, mediante la creación de departamentos o áreas del museo relacionadas con la educación. De igual manera, en las discusiones más recientes empiezan a reconocerse el aprendizaje, la educación, y la recreación como funciones en sí mismas del museo, pero estas incorporaciones son nuevas y no han dado paso todavía a una fuerte corriente reflexiva en torno a ellas.

Una debilidad de las áreas educativas en museos mexicanos —al menos los adscritos al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), aunque por la información bibliográfica parece que no es exclusiva de éstos ni del caso mexicano—, es que los departamentos de servicios educativos han tendido a priorizar la atención al público infantil, y/o a establecer una conexión del museo y sus contenidos con la educación escolar básica; se excluyen así temas, actividades y sectores de los “servicios educativos” que ofrecen permanentemente los museos, y por tanto, se acotan los debates y reflexiones a cierto tipo de públicos y de actividades.

Si bien las tareas directas de esas áreas no son el único medio para ofrecer alternativas educativas a los públicos del museo, pues existen otros recursos como actividades paralelas (conferencias, talleres, cursos, etc.), materiales didácticos, y publicaciones, entre otros, sí es verdad que la labor sistemática del museo que se vincula a la educación se dirige mayoritariamente a la población infantil/escolar. La afluencia de los grupos escolares a los museos implica una demanda que rebasa por mucho la capacidad de los departamentos de servicios educativos, atender su demanda es ya una labor titánica, no se diga mejorar la calidad de la atención que se presta —ya sea directamente o a través de apoyos y orientaciones para docentes con la finalidad de que lleven a sus grupos escolares al museo y desarrollen alguna actividad específica dentro de éste— ni mucho menos innovar en las prácticas y servicios que se ofrecen.

La museología asume que en los museos se manejan distintos niveles de comunicación discursiva a los que se recurre para cumplir su tarea de divulgación, y uno de esos niveles es el didáctico, que implica brindar información organizada y sintetizada, recursos para interpretar los temas, y otros medios para ofrecer una lectura determinada de la información que se busca difundir (Witker, 2001: 16). El cedulario y otros apoyos en sala son también otra forma de actuación pedagógica del museo.

Además de estas dos líneas de trabajo educativo que se reconocen como tales, y que responden en mayor o menor medida a las necesidades y condiciones de algunos públicos, planteo que las exhibiciones en sí mismas son también un recurso importante para el aprendizaje, y que el museo es un lugar que favorece algunas prácticas y experiencias cuyo potencial formativo es significativo para personas de todas la edades. Siendo que la población adulta y joven ha sido más o menos excluida de los debates generados al interior del museo sobre la educación, me interesa aquí reflexionar al respecto.

Una mirada a la educación y los museos

La introducción anterior ubica de manera general la comprensión acotada de la educación en los museos desde el debate museológico y de la mayoría de las prácticas educativas que tienen lugar en ellos. Es importante completar el panorama pues tipos de museos hay muchos, y la reflexión sobre sus relaciones con la educación es desigual, y se da también en otros campos.

Aclaro que hablo aquí de la educación en términos amplios. Si bien algunas discusiones ubican la intencionalidad como un factor clave de los procesos educativos, yo considero que cualquier situación o práctica que derive en un proceso que genere la incorporación de elementos en la subjetividad del actor, es decir, que genere un aprendizaje, es un proceso educativo, más allá de que haya tenido un origen intencional o no. Incorporo reflexiones integradas sobre el aprendizaje, la enseñanza, la formación, las interacciones sociales, etc., para mirarlas desde un ángulo formativo, aunque no siempre didáctico, a fin de poder identificar otras potencialidades del museo, más allá de una mirada tradicional desde la que no se podrían encontrar muchos alicientes para la edja en los museos.

Una parte importante de los trabajos que usualmente analizan la educación y los museos se ubican, como ya lo dije, en el marco de la educación básica, y/o en el campo de la educación informal. Estos últimos pretenden comprender la interrelación entre procesos cognoscitivos y socioculturales, y es común que se investigue el contraste entre el aprendizaje en escenarios educativos formales y los no escolares; así como el aprendizaje en escenarios de difusión de la ciencia y la cultura, como son algunos de los museos (Mejía, 2005: 6). En este sentido, los estudios indagan principalmente el vínculo educación-difusión-entretenimiento, las interacciones que se dan en el museo, las estrategias de enseñanza-aprendizaje que se desarrollan en éste, y la influencia del medio sociocultural en los museos. Es más frecuente que estos trabajos se concentren en museos de ciencias, y si acaso, en museos de arte.

Esto puede deberse a que los primeros son en la mayoría de los casos y de acuerdo a algunas de las clasificaciones museológicas, museos interactivos, son “centros de exploración” diseñados para que los públicos se involucren sensorial, mental y manual-corporalmente de manera activa con los dispositivos museográficos. Asimismo, en muchos casos estos museos se han relacionado con el sistema escolar, integrando contenidos de los planes de estudio oficiales, y sirviendo de apoyo didáctico. Y en el caso de los museos de arte, puede deberse al hecho de que están más asociados directamente al esparcimiento. En cambio, los museos antropológicos, que son el tipo de museos al que corresponden los dos aquí analizados, suelen estar al margen de esas reflexiones educativas.

Se clasifican como museos antropológicos aquellos que centran sus temas y colecciones en torno a la humanidad y su evolución histórica y cultural. Comprenden museos de historia, de arqueología, y de etnografía. Desde la museología se reconoce que trabajan a un nivel simbólico, pues entre sus objetivos está el representar y generar rasgos identitarios propios de cada cultura o nación, por lo que se han estudiado mucho más en su función de dispositivos ideológicos que como escenarios educativos, como si la “ideologización” no implicara un proceso educativo.

Los museos nacionales mexicanos contemporáneos, creados entre las décadas de 1940 y 1960, han promovido una identidad nacional a través de la idea de continuidad con el pasado y de la integración de lo arqueológico, lo histórico y lo etnográfico en ésta, además de recurrir a la exhibición, en un mismo sitio, de objetos provenientes de distintos lugares del país “reflejando ciertos valores y concepciones sobre el tiempo histórico, el orden político y el desarrollo económico” (CONACULTA, 2007: 87). ¿No serán estos valores que se reflejan en el discurso del museo un contenido educativo?, ¿no será el museo un dispositivo didáctico para aprender dichos contenidos? Yo creo que sí. Considero que los museos y sus contenidos disponen un contexto de aprendizaje, promueven ciertas interacciones y prácticas que resultan formativas, ¿cómo pensar que esto no sucede? Se asume que “los museos constituyen herramientas esenciales para el desarrollo individual y colectivo, para la toma de conciencia de sí mismo, del sentimiento de ciudadanía y de identidad comunitaria” (Alderoqui, 1996: 31; Domínguez, 1999: 126), que “los museos forman, reflexionan y refuerzan los valores y la identidad de las comunidades a las que se dedican” (Conclusiones sobre la Cumbre de los Museos de América 1998, citado por Domínguez, 1999: 126), más no hay un análisis de cómo es posible esto, de cuáles son las estrategias y medios que apoyan dicho proceso formativo.

Hay algunos estudios que destacan que las exhibiciones y las actividades educativas de los museos reflejan los supuestos culturales acerca del aprendizaje, se delinea así el entorno de aprendizaje y el tipo de experiencias posibles de acuerdo con contexto cultural, pues las exhibiciones son “en sí mismas un objeto cultural”, seleccionan temas, expresan ciertos valores y creencias, suponen un diseño y códigos particulares, así como la realización de ciertas actividades siempre respondiendo a la cultura a la que están dirigidas o en la que se insertan, consideraciones culturales que tienen implicaciones pedagógicas para los museos (Duensing, 2005: 22).

Aunque está claro que el museo es un espacio/recurso de aprendizaje que responde a lógicas culturales particulares, la comprensión del aprendizaje en el museo es aún limitada y parcial en los ámbitos educativos y museológicos, por lo que su análisis establece múltiples desafíos e interrogantes pedagógicos y educativos de muy diversa índole. Profundizar en la comprensión de este escenario, y reconocer sus aportes para la edja, es una tarea que puede ayudar a abrir la noción y comprensión del hecho educativo, para integrar en estas nuevas dimensiones, estrategias y escenarios que lo potencien, y a diversificar los recursos y espacios para la EDJA.

 

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