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Diego Rivera (Guanajuato, México,
1886-Ciudad de México, 1957).
Retrato de Martín Luis Guzmán,
1915, óleo sobre tela, 72.3 x 59.3 cm. Colección
de la Fundación Televisa, México.
D.R. © 2003 Banco de México,
Museos Diego Rivera y Frida Kahlo, Av. Cinco de Mayo No. 2,
Col. Centro, Del. Cuauhtémoc, 06059, México,
D.F.
Escribir un par de párrafos sobre Diego Rivera constituye
una tarea diabólica: gigantesco como pintor, inenarrable
como personaje, desplegando una imaginación descomunal
en cuanta cosa hizo o dijo, no se han escrito todavía
libros suficientes como para hacerse siquiera una pálida
idea de lo que fue Diego en vida.
Antes de cultivar el cubismo había
logrado ya una considerable obra académica dentro de
las corrientes modernistas españolas de la escuela
de Zuloaga. Sin embargo, a los 27 años de edad lo encontramos
bien instalado en París y viviendo con intensidad los
hallazgos de la revolución cubista. Habiendo encabezado
varios de los nuevos aciertos, su obra del momento fue calificada
de "cubismo de Anáhuac" por varios compatriotas
al visitarlo en su estudio de la Rue du Départ. No
era ajeno a todo ello la cita que de los "Diálogos
Socráticos" había hecho su maestro Santiago
Rebull en la Academia de San Carlos, en México, y que
Diego recordaba a menudo: "...quiero enseñarte
a amar las formas más puras, permanentes e imperecederas,
esto es, las figuras con las que los arquitectos dibujan y
construyen: el cilindro, el cono y la esfera, así como
los colores puros que les corresponden el rojo, el amarillo,
el azul tal como los vemos en el arcoiris".
El período cubista de Diego dura cuatro
años y va de 1913 a 1917, comprendiendo
una parte importante de su pintura de caballete
(unas 200 obras). En el magnífico retrato que ahora
reproducimos, el escritor mexicano Martín Luis Guzmán
aparece sentado en un equipal y con un sarape zacatecano al
hombro.
Diego abandona el cubismo en 1918 y regresa
a su patria definitivamente en 1921. Reformula su pintura
dentro de un clasicismo muy personal que muestra, sobre todo
en la concepción de sus pinturas murales, la sapientísima
asimilación de una geometría constructiva en
la que algo tuvo que ver su período cubista. La obra
de Diego contribuyó de manera indudable al renacimiento
de la pintura al fresco y de la pintura mural en general en
un siglo, el siglo xx, en el que el ejercicio de este género
estaba prácticamente abandonado.
Ya en los años 30 Rivera declaró
que el cubismo era un arte producido por una sociedad burguesa
decadente, a pesar de haber sido uno de los logros más
importantes de las artes plásticas desde el Renacimiento.
Hacia el final de su vida, el inolvidable poeta Carlos Pellicer
le preguntó: "¿Por qué fuiste pintor
cubista durante cuatro años, Diego?", a lo que
el pintor, tan inclinado a crear anécdotas, respondió:
"¡Por pendejo!". |
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