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Ruth Schwartz-Cowan, una historiadora de la tecnología,
ha notado que nuestra vida cotidiana está permeada
por la cultura escrita. Fundamenta su argumento con una serie
de caracterizaciones ilustrativas que muestran la omnipresencia
de la escritura en la vida contemporánea: señala,
por ejemplo, que cuando llegamos a un acuerdo, lo escribimos;
cuando intercambiamos propiedades, redactamos una escritura;
cuando hacemos una compra, se llena una factura o se entrega
un recibo. Asimismo nota que cuando queremos regular el comportamiento
de la colectividad, redactamos y escribimos leyes. Cuando
la vida nos asombra, la contemplamos y escribimos nuestras
reflexiones.

Cuando nuestros seres queridos están
lejos les escribimos cartas o correos electrónicos.
Uno de los símbolos más importantes de nuestra
cultura, el objeto que guía la vida comunal y espiritual
de una parte importante de la sociedad, es un libro. Desde
hace más de 2 mil años, los símbolos
escritos y las formas de ser que los acompañan han
ocupado paulatinamente espacios importantes en la vida cotidiana,
convirtiéndola en una cultura escrita.
La ubiquidad de la escritura en nuestro mundo
es evidente, y sin embargo millones de personas no la conocen
y otros tantos la usan poco en su vida cotidiana. Para los
que la conocemos con cierto grado de intimidad y que recurrimos
a ella múltiples veces en el transcurso de un día,
se nos dificulta pensar cómo sería vivir sin
ella. Desde hace varias décadas, la alfabetización
y la educación básica de los adultos de baja
o nula escolaridad ha ocupado un lugar prioritario en la agenda
de las agencias internacionales, gobiernos y organizaciones
humanitarias; todos ellos han buscado una solución
al analfabetismo sin obtener los resultados deseados. Al principio
la tarea parecía ser simple: enseñar el alfabeto
a quienes no lo conocían y después aprenderían
a leer y escribir con soltura y fluidez. Esta política
dio lugar a varias misiones en la forma de campañas
de alfabetización y cruzadas educativas que pretendían
“erradicar” al analfabetismo a través de la diseminación
de las letras. Durante años la fórmula de acción
adoptada fue primero enseñar las letras y sonidos y
después, en una etapa bautizada la “post alfabetización”
se emplearían los conocimientos recientemente adquiridos
para una lectura y escritura genuinas. Se suponía que
la integración de los conocimientos la haría
el usuario recientemente alfabetizado de una manera prácticamente
instintiva por haber conocido el funcionamiento del alfabeto
y con ello se daría el salto cognitivo deseado transformando
al usuario en un lector consolidado.
Sin embargo, las grandes campañas implementadas, con
sus notables excepciones, no lograron formar los lectores
y escritores proyectados, y se vio que muchos adultos que
asistían a clases de alfabetización alcanzaban
apenas un cierto nivel de familiaridad y dominio del alfabeto
pero aún así no leían ni escribían.
De este hallazgo nació la categoría del analfabeta
funcional para describir a aquéllos que conocían
las letras pero que no hacían uso de la lectura y la
escritura, y lo que muchos adultos describen como “conocer
las letras pero no poder juntarlas”.
A partir de finales de la década de los setenta emergió
de manera paulatina un interés por investigar el uso
de la lectura y la escritura en diversos contextos, un esfuerzo
que fue nutrido fundamentalmente por dos importantes escuelas
de pensamiento y acción. La primera fue el pensamiento
del educador brasileño Paulo Freire quien, desde la
pedagogía, señaló que leer no es un problema
de descifrar letras sino de leer el mundo, es decir, de comprender
cómo los textos escritos se insertan en la vida social
y se utilizan para fines sociales, económicos, culturales,
ideológicos y políticos. Y la otra fue la antropología
(y sus disciplinas académicas afines), que parte de
la premisa de que las formas comunicativas y simbólicas
que utilizamos para construir significados no son universales
sino prácticas situadas culturalmente, diversas y múltiples.
Los primeros trabajos de investigación fueron aislados
y más bien esporádicos, pero rápidamente
proliferaron los estudios acerca de la lengua escrita en diversos
contextos culturales, creando un importante acervo de conocimientos
sobre el tema. Más que centrarse en el sistema de representación,
o en el desarrollo del “mejor método”, los investigadores
centraron su atención en los usuarios de la lectura
y la escritura, sus propósitos, sus prácticas
y sus contextos.
A través de investigaciones de corte
cualitativo, se ha demostrado la existencia de diferencias
en los usos de la lectura y la escritura; diferencias que
obedecen a los propósitos de quien las usa, a los efectos
esperados, a la posición del lector frente a otros
lectores y a las ideas y significados que guían su
participación. Es en este sentido que el concepto de
prácticas de lengua escrita contempla los usos sociales
de la lectura y la escritura (las destrezas, tecnologías
y conocimientos necesarios para leer y escribir), así
como las concepciones que las personas poseen acerca de ellas
(sus creencias e ideas).
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