Decisio
Cultura Escrita

No. 6   
Septiembre - Diciembre  
Año 2003

SABERES PARA LA ACCIÓN EN EDUCACIÓN DE ADULTOS

   


Ruth Schwartz-Cowan, una historiadora de la tecnología, ha notado que nuestra vida cotidiana está permeada por la cultura escrita. Fundamenta su argumento con una serie de caracterizaciones ilustrativas que muestran la omnipresencia de la escritura en la vida contemporánea: señala, por ejemplo, que cuando llegamos a un acuerdo, lo escribimos; cuando intercambiamos propiedades, redactamos una escritura; cuando hacemos una compra, se llena una factura o se entrega un recibo. Asimismo nota que cuando queremos regular el comportamiento de la colectividad, redactamos y escribimos leyes. Cuando la vida nos asombra, la contemplamos y escribimos nuestras reflexiones.

Cuando nuestros seres queridos están lejos les escribimos cartas o correos electrónicos. Uno de los símbolos más importantes de nuestra cultura, el objeto que guía la vida comunal y espiritual de una parte importante de la sociedad, es un libro. Desde hace más de 2 mil años, los símbolos escritos y las formas de ser que los acompañan han ocupado paulatinamente espacios importantes en la vida cotidiana, convirtiéndola en una cultura escrita.

La ubiquidad de la escritura en nuestro mundo es evidente, y sin embargo millones de personas no la conocen y otros tantos la usan poco en su vida cotidiana. Para los que la conocemos con cierto grado de intimidad y que recurrimos a ella múltiples veces en el transcurso de un día, se nos dificulta pensar cómo sería vivir sin ella. Desde hace varias décadas, la alfabetización y la educación básica de los adultos de baja o nula escolaridad ha ocupado un lugar prioritario en la agenda de las agencias internacionales, gobiernos y organizaciones humanitarias; todos ellos han buscado una solución al analfabetismo sin obtener los resultados deseados. Al principio la tarea parecía ser simple: enseñar el alfabeto a quienes no lo conocían y después aprenderían a leer y escribir con soltura y fluidez. Esta política dio lugar a varias misiones en la forma de campañas de alfabetización y cruzadas educativas que pretendían “erradicar” al analfabetismo a través de la diseminación de las letras. Durante años la fórmula de acción adoptada fue primero enseñar las letras y sonidos y después, en una etapa bautizada la “post alfabetización” se emplearían los conocimientos recientemente adquiridos para una lectura y escritura genuinas. Se suponía que la integración de los conocimientos la haría el usuario recientemente alfabetizado de una manera prácticamente instintiva por haber conocido el funcionamiento del alfabeto y con ello se daría el salto cognitivo deseado transformando al usuario en un lector consolidado.

Sin embargo, las grandes campañas implementadas, con sus notables excepciones, no lograron formar los lectores y escritores proyectados, y se vio que muchos adultos que asistían a clases de alfabetización alcanzaban apenas un cierto nivel de familiaridad y dominio del alfabeto pero aún así no leían ni escribían. De este hallazgo nació la categoría del analfabeta funcional para describir a aquéllos que conocían las letras pero que no hacían uso de la lectura y la escritura, y lo que muchos adultos describen como “conocer las letras pero no poder juntarlas”.

A partir de finales de la década de los setenta emergió de manera paulatina un interés por investigar el uso de la lectura y la escritura en diversos contextos, un esfuerzo que fue nutrido fundamentalmente por dos importantes escuelas de pensamiento y acción. La primera fue el pensamiento del educador brasileño Paulo Freire quien, desde la pedagogía, señaló que leer no es un problema de descifrar letras sino de leer el mundo, es decir, de comprender cómo los textos escritos se insertan en la vida social y se utilizan para fines sociales, económicos, culturales, ideológicos y políticos. Y la otra fue la antropología (y sus disciplinas académicas afines), que parte de la premisa de que las formas comunicativas y simbólicas que utilizamos para construir significados no son universales sino prácticas situadas culturalmente, diversas y múltiples. Los primeros trabajos de investigación fueron aislados y más bien esporádicos, pero rápidamente proliferaron los estudios acerca de la lengua escrita en diversos contextos culturales, creando un importante acervo de conocimientos sobre el tema. Más que centrarse en el sistema de representación, o en el desarrollo del “mejor método”, los investigadores centraron su atención en los usuarios de la lectura y la escritura, sus propósitos, sus prácticas y sus contextos.

A través de investigaciones de corte cualitativo, se ha demostrado la existencia de diferencias en los usos de la lectura y la escritura; diferencias que obedecen a los propósitos de quien las usa, a los efectos esperados, a la posición del lector frente a otros lectores y a las ideas y significados que guían su participación. Es en este sentido que el concepto de prácticas de lengua escrita contempla los usos sociales de la lectura y la escritura (las destrezas, tecnologías y conocimientos necesarios para leer y escribir), así como las concepciones que las personas poseen acerca de ellas (sus creencias e ideas).

 
En este número

¿Ahora qué?

Becas Fulbright

Noticias y eventos

III Simposio Internacional de Tele-Educación y Formación Continua

V Congreso Iberoamericano de Ciencia, Tecnología y Género

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