No. 15
Septiembre - Diciembre
2006

SABERES PARA LA ACCIÓN EN EDUCACIÓN DE ADULTOS

   

La casa del anciano

El taller se desarrolló con el grupo de ancianos “Nuestros años felices”, que atiende el Sistema de Desarrollo Integral de la Familia (DIF) en Pátzcuaro, México. El grupo se reúne en un espacio conocido como La casa del anciano, donde hacen ejercicio, cocinan, ensayan danzas tradicionales de la región y una vez a la semana reciben clases de alfabetización. En la fecha en que se les sugirió el taller ellos no tenían una actividad de carácter artístico, reflexivo y a la vez lúdico.

“Nuestros años felices” reúne alrededor de 50 adultos cuyas edades fluctúan entre los 57 y 80 años. Muchos de ellos no saben leer y escribir, algunas de las mujeres hacen tortillas, venden ropa o hacen el aseo en casas para solventar sus gastos. Algunos hombres eran campesinos, otros jornaleros o albañiles. Uno de ellos tiene por profesión cantar en las plazas de la ciudad de Pátzcuaro.

El taller se llevó a cabo de febrero a junio de 2005, con una sesión de dos horas y media por semana. En la primera sesión asistieron 14 personas (tres hombres y once mujeres), pero conforme avanzó el taller la cantidad de participantes aumentó a 25 (quince mujeres y diez hombres aproximadamente).

 
El trabajo de cada sesión se desarrolló a partir de juegos corporales dancísticos, que propician la generación de sensaciones e imágenes en los participantes. Los ejercicios incluían, por ejemplo, desplazarse en el espacio de trabajo acompañados por la música o la voz; también se realizaban ejercicios de relajación, que les ayudaban a integrar la palabra con el movimiento de su cuerpo y, posteriormente, de su títere. Los ejercicios de voz fueron fundamentales en el taller: se crearon dinámicas, a manera de juego, que permitieron a los participantes darle diferentes matices al uso cotidiano de su voz. Para la integración grupal trabajamos en la creación colectiva de un relato. Otra actividad importante fue la construcción del títere, con el que contaron su historia de vida. El taller culminó en una presentación pública.

Para narrar: la voz y las imágenes

Agua, Trueno, Viento

Cada sesión iniciaba con una danza diseñada expresamente para los participantes y que servía como calentamiento físico; los participantes disfrutaban del movimiento y tanto hombres como mujeres se integraban con buena disposición, ejecutando sus movimientos con soltura. Posteriormente los juegos de voz les permitieron experimentar diversos matices, ritmos y sensaciones en cada palabra. Por ejemplo, al decir montaña se invitaba a los participantes a imaginar una gran montaña y a proyectar esa imagen con la voz, de manera que la palabra, en sí misma, sugiriera la grandeza de la montaña, dando un tono grave a la voz o buscando otras posibilidades expresivas. Los parti­cipantes desarrollaron la propuesta con entusiasmo, sugiriendo palabras y formas de jugar con su voz. Algunas palabras fueron: cohete, agua, trueno, viento, y al pronunciarlas las expresaban también con sus manos y rostro de una manera espontánea.

Estaba junto a un matorral… hecho bolita…

El ejercicio de imágenes fue básico para el taller; en él se invitaba a los participantes a imaginar un lugar, haciendo énfasis en las sensaciones: sentir la brisa fresca en el rostro, el perfume de la hierba y las flores, el sonido de las hojas secas bajo sus pies, el canto de las aves, etc. Esta dinámica tiene varias funciones: relajar a los participantes a través de la música y la voz y hacer conciencia de la manera como las palabras pueden generar imágenes y sensaciones muy claras. Lo que se quiere lograr mediante las narraciones es evocar lugares, personas, acontecimientos. A la vez, era la manera de iniciar un trabajo de revisión de sus experiencias y vidas.

Al finalizar el ejercicio les pregunté cómo era el lugar en el que estaban (el lugar que habían imaginado). Aunque durante la primera dinámica se sugirió un bosque, una de las participantes imaginó un trigal, pues cuenta que de niña le gustaba mucho jugar en unos trigales cerca de donde vivía. Otra de las mujeres se detuvo frente a una cascada, el sonido que producía el agua al caer la reconfortaba; encontró una piedra lisa de río, recordó la textura suave y la temperatura de la piedra. Una de las participantes se imaginó claramente el bosque y cuando estaba sentada junto a un árbol imaginó muchas hojas secas, que tomaba entre sus manos y las dejaba caer, para luego volver a tomarlas.

 
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