No. 14
Mayo - Agosto
2006

SABERES PARA LA ACCIÓN EN EDUCACIÓN DE ADULTOS

   

Actividades y resultados

En 1990, con la intención de minimizar la angustia del prisionero que espera su sentencia durante un proceso largo y tortuoso, y sin otras pretensiones, comencé a escuchar historias de quejas, a prestar libros, a copiar cartas y poemas que los presos escribían a los jueces. Siguiendo los intereses de los presos, llevé libros y revistas muy diversos: best sellers, literatura brasileña, libros de misterio, memorias, autobiografías, textos religiosos y de auto ayuda. Organicé un pequeño programa para entrevistar a los internos sobre diversos asuntos. Los presos participaron con gusto, a pesar de su desconfianza inicial provocada al ver la grabadora. Después de la entrevista escuchábamos la grabación de la que posteriormente se hacía una transcripción. Algunas personas preguntaban cómo podía yo aguantar “palabras tan ruines como esas”. La historia de esas conversaciones, por otra parte, repercutían favorablemente entre los presos. Ese momento era alegre, el custodio también intervenía en nuestros asuntos, y después de algún tiempo, todos acababan conversando – la policía, los presos y la investigadora – lo que cambió el rumbo inicial de la recopilación de datos y propició una mejor relación personal. Estas conversaciones aumentaban la autoestima de los presos, ya que no se trataba de un interrogatorio, no eran pláticas doctrinarias, se hablaba de sus impresiones sobre los libros, revistas, periódicos, presentadores de televisión, artistas en general.

A finales de 1992, los internos Hélio Alves Teixeira y Rosieles Ramos Sales comenzaron a escribir en la Casa de Detención, en condiciones muy adversas. Estaban confinados en una celda de doce metros cuadrados, junto con seis a diez presos, que pasaban el día jugando dominó, barajas, elaborando trabajos artesanales y eventualmente viendo televisión. El agua faltaba constantemente, el inodoro siempre estaba tapado, había chinches, y las tensiones y sueños de libertad se entrelazaban con innumerables intentos de fuga mediante la excavación de túneles. Los poemas me fueron entregados manuscritos para que los copiara, y cuando los devolví escritos a máquina y bien armados, no podía imaginar la alegría que estaba proporcionando con esta pequeña gentileza, y que estábamos comenzando un programa de estímulo a la escritura, que originó el proyecto Letras de vida: en sus propias palabras. Devolver el texto escrito a máquina representó una actitud respetuosa, un homenaje a las ideas registradas, y tanto Hélio como Rosieles percibieron la fuerza de la palabra impresa. Por todos lados llevaban con ellos, cariñosamente, las copias de sus poemas, encuadernados en pasta verde que proporcionó la universidad.

Sorpresa, la profesora trajo los papeles que le había pedido que fotocopiara. Sólo se trataba de que alguien más los leyera. Pero sucedió algo mejor, más que dos simples papeles, mi texto se hizo con cariño, mis poemas están en orden numérico, y tienen hasta una cubierta con mi nombre, que escrito de esa manera se ve lindo. Al centro, escrito con todas las letras “Textos y Poemas”. Qué bonito, ¿no? Aun ahora estoy emocionado. Me voy riendo pegado a las paredes, para no llorar de vergüenza, pues no logro esconder tanta alegría. Parezco un niño al que le regalan un chocolate, sin saber por qué se lo regalan. Me gustó mucho, y me impulsó para soltarme con más naturalidad (Sales, 1993).

Elaboré un proyecto con planes anuales para la compra de material para la escritura de los presos. Procedimientos sencillos y de bajos costos: adquisición de bolígrafos, papel rayado, libretas o cuadernos, digitalización de los textos, corrección de estilo, conversaciones sobre el texto, en fin, una relación cordial con los escritos y con la lectura, mucho entusiasmo y buena voluntad. Se iniciaron los talleres de orientación para la redacción. Yo sólo corregía la puntuación y la ortografía, la concordancia, y el texto luego era digitalizado tal cual, bajo la forma convencional de poema, crónica, correspondencia, etc. Corregir errores ortográficos consiste en utilizar una herramienta adquirida por los que han podido estudiar y pueden compartir este conocimiento con los que desean incorporarse a las actividades creativas y literarias, aunque no escriban de acuerdo con los patrones de la lengua considerada culta. Durante las visitas, las conversaciones sobre los trabajos escritos eran muy abiertas; sin embargo ello no impedía que los textos se corrigieran y digitalizaran.

Al eliminar el carácter inquisitivo de las actividades del programa Letras de vida: en sus propias palabras, se propicia que los presos estén en condiciones de hablar y escribir sobre ellos mismos, exteriorizando lecturas universales, aspiraciones de su vida, impresiones sobre los bienes materiales y simbólicos de los que, en la mayoría de los casos, están privados. El recluso discute y presenta su escrito como narrador de una historia propia. A veces, la preocupación por su baja escolaridad o el miedo a la crítica se supera por el cuidado en su presentación personal. Uno de ellos me dijo: “Profesora, enséñeme a ser educado”. Estábamos comentando sobre la importancia de conversar con los ojos dirigidos a los ojos del otro. Se ha constatado un progreso significativo en el proceso de redacción de los internos que participan en el programa: enriquecimiento del vocabulario, percepciones más agudas sobre lo cotidiano, y mucha sensibilidad en las informaciones que expresan en sus textos.

 

 
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