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Crimen y castigo:
¿labor de la policía o territorio de filósofos, sociologos, políticos y educadores?
JM Gutiérrez Vázquez
CENTRO DE COOPERACIÓN REGIONAL PARA LA EDUCACIÓN DE ADULTOS EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE (CREFAL)
gutierrezv28@hotmail.com
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Una vez más me he encargado de un número temático de Decisio dedicado a un asunto tan vasto que no puedo pretender desarrollar en este espacio una revisión de la literatura que trata del tema ni mucho menos presentar un estado del arte, aunque el problema, sus correspondientes quehaceres y sus fundamentaciones teóricas e ideológicas rebasen más mi capacidad que las dimensiones de este artículo. Por ello debo limitarme a señalar algunas de las cuestiones que, a mi juicio, siguen destacando entre las más salientes y discutidas dentro de este campo de la educación de adultos, con la esperanza de que su consideración permita un análisis más penetrante en las mentes y las acciones de quienes participan en él, ya sean reclusos, educadores, científicos sociales o funcionarios de todo nivel, desde los poderosos procuradores generales hasta los más obscuros custodios.
Diversas concepciones sobre el sistema penitenciario y sus implicaciones educativas
La noción más tradicional de lo que es una cárcel o reclusorio es la de que se trata de un lugar seguro para aislar de la sociedad a quienes representan un peligro para ella, cual si se tratara de enfermos infectocontagiosos portadores de gérmenes mortíferos y contásemos solamente con los recursos sanitarios de la Edad Media. Así pues, se castiga al delincuente con el encierro y se da por sentado que los reclusos son todos ellos unos pillos, criminales, forajidos y malhechores; si la noción pretende ser congruente, quienes gozamos de libertad somos por tanto personas honradas, ciudadanos todos nosotros que cumplimos escrupulosamente con la ley. De todas formas, cualquier noción de cárcel conlleva una concepción que podríamos calificar de educativa y ésta no es la excepción: la de que el castigo es en sí mismo una lección, que el castigo educa. En pleno siglo XXI tal pensamiento podría calificarse de obsoleto, o cuando menos de rancio y conservador; pero la frecuencia con que el castigo es aplicado tanto en nuestros hogares como en las instituciones escolares de educación básica nos hace ver que la idea (la letra con sangre entra) sigue vigente. El lector atento percibirá a lo largo de este artículo, a partir de estas mismas líneas, que muchas de las limitaciones y miopías de que adolece la educación, y de hecho la vida carcelaria de nuestros tiempos, guardan un paralelismo sorprendente con las fallas y carencias de la educación que ofrecen nuestros planteles y escuelas “de afuera”, ya sean jardines de niños, primarias o secundarias, trátese de instituciones oficiales o privadas, y de la vida misma que llamamos “en libertad”; Foucault dijo, hace ya más de 25 años, que entre más analiza uno el proceso de “carcelización” practicado por el sistema penitenciario, hasta en sus menores detalles, más se siente uno inclinado a relacionar tales prácticas con las que ocurren en la vida diaria de nuestras escuelas, en el ejército, en los hospitales, en muchos centros de trabajo y en otras instituciones. Aunque esta concepción de reclusorio como lugar de castigo descalifica totalmente al preso como persona, no tendremos más remedio que aceptar que la educación “de afuera” y la “de adentro” se parecen la una a la otra más de lo que es cómodo creer.
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