Por otra parte las elecciones (entiéndase
experiencias de vida) que la conciencia humana en términos
genéricos ha hecho para expandirse y contraerse y así
desarrollarse hasta alcanzar la trascendencia, parecieran
estar determinadas por la misma herencia evolutiva del ser
humano a partir de las actitudes de alerta, curiosidad y de
apertura perceptiva ante lo desconocido.
Así, bien puede ser que la primera elección
perceptiva -experiencia conciente- que haya hecho el ser
humano sea el reconocimiento de la mirada del otro, enfrentando
en ella el nacimiento y la conciencia misma de su individualidad,
pero también, en ella, de su soledad. Igual puede
ser que otra de las primeras elecciones haya sido la percepción
de la belleza, como algo que evoca protección y paz
ante lo desconocido y ante la adversidad. La belleza denuncia
la armonía cósmica e inalterable del universo
entero.
Llámese individualidad o percepción de la
belleza cósmica, no hay que olvidar que toda vivencia
de vida es fugaz y está atrapada en la momentaneidad
de la relación tiempo y espacio que la contiene.
No obstante esta momentaneidad de la vivencia, la reflexión
de la conciencia sobre ella, cualquiera que ésta
sea, permite, utilizando como contenido a la experiencia,
la creación de obras que por su naturaleza atemporal
trascienden la momentaneidad.
Entendemos así que toda vivencia que se convierte
en experiencia de vida incrustada en la conciencia otorga
al ser humano nuevas posibilidades de percibir, conocer,
entender, interpretar y recrear los múltiples estados
visibles e invisibles de la materia con la que el universo
está hecho, y cuyo fin último es la trascendencia.
Así, sólo se trasciende la momentaneidad
en la reflexión y en la flexión. Cualquier
proceso mental o cognitivo es casi entendible como una suerte
de movimiento mental en virtud del cual la vivencia, atrapada
en su momentaneidad, se convierte en experiencia de vida
conciente, gestadora de posibilidades de comprensión
y de transformación y por tanto de obra, misma que
se convierte en instrumento del pensamiento porque resignifica
la individualidad y la soledad, resignifica la belleza y
lo amoroso, la miseria y el gozo y todas las vivencias y
emociones para elevarlas al terreno de lo imaginario y por
tanto indestructible ante el paso del tiempo.
El arte como un lenguaje específico
de expresión,
contención y formación de las vivencias y
experiencias de vida
El arte, analizado desde la perspectiva del proceso que
lo genera, es un proceso de la conciencia, de la conciencia
que reflexiona sobre las multiformas en las que la materia
física y espiritual se manifiesta y se trasforma.
Entendido así, el arte es un proceso que crea y da
estructura, armonía y ritmo a los mundos posibles
que la conciencia humana, en su evolución, expansión
y contracción, a partir de la reflexión sobre
sus vivencias, puede anticipar. Nace así la obra
de arte.
Puede entonces pensarse en que el acercamiento a la obra
de arte permite, al ser humano que la contempla, al que
la padece y al que la crea, el encuentro y la expresión
universal con y de sus mundos interiores posibles y, como
tales, con sus estados de conciencia en armonía,
derivados de la reflexión de sus vivencias de vida.
Bajo este prisma las obras de arte son la continuidad equilibrada
y tangible de las experiencias de vida más allá
de la momentaneidad, más allá de un tiempo
que se agota día a día. Las obras de arte
simbolizan así la trascendencia del pensamiento humano
universal.
Ahora bien, si se buscara un hilo conductor entre estos
dos aspectos que he desarrollado brevemente, por una parte
la reflexión sobre las vivencias-experiencias de
vida, como motor intrínseco de la expansión,
contracción, crecimiento y trascendencia de la conciencia
humana, y por la otra el arte como expresión tangible
en tanto proceso y en tanto producto de los estados universales
de la conciencia develados por las vivencias, lo que nos
faltaría sería encontrar un medio que las
vincule. Derivamos así en lo que he denominado una
vivencia artística.
Son vivencias artísticas la sensibilización,
cuyo aprendizaje o experiencia posible es el uso pleno de
todos los sentidos humanos incluyendo el llamado sexto sentido;
la contemplación, cuyo aprendizaje o experiencia
posible es valorar la apertura de los sentidos; la expresión,
cuyo aprendizaje o experiencia posible reside en aprehender
los propios mundos, a veces ocultos a la conciencia de la
propia imaginación o de las maneras de darle sentido
propio, resignificando lo que nos acontece a diario; la
apreciación, cuyo aprendizaje o experiencia
posible es reflexionar y comprender conceptual y técnicamente
las diferentes formas de expresión o de resignificación
de las vivencias-experiencias humanas universales (el amor,
la guerra, el placer, la partencia, el dolor, la paz), lo
invisible a los sentidos conocidos pero presente en algún
otro lugar del tiempo y del espacio; y, finalmente, la
creación propiamente dicha. Ésta es la
más elevada vivencia artística, en tanto que
unifica sensibilidad, contemplación, expresión
y apreciación. El aprendizaje o experiencia posible
de esta vivencia consiste en entender que se tiene el poder
para construir puentes perennes entre lo que se sueña
ser y lo que se es, entre lo que se percibe y lo que se
imagina. La creación permite al espíritu humano
aprender una forma de acceder a su propia elevación
o trascendencia a través de sus producciones concretas.