
por Ana Maria Saul**
Lo que aprendí con Paulo Freire*
Paulo Freire fue profesor de la Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo (PUC/SP) en el Programa de Postgrado en Educación: Currículo, a su regreso del exilio, por un periodo de 17 años (1980-1997). Tuve la gran alegría de participar con en él durante casi dos décadlibros, prohibidos en Brasil en la década de los 60, cuando estaba en el exilio. En ese momento sólo se podía tener acceso a sus escritos en reuniones secretas del movimiento universitario. En 1979 tuve la oportunidad de estar presente cuando la Universidad lo acogió a su retorno del exilio.
En 1980 trabajé con él, invitada por la PUC/SP para el Programa de Postgrado en Educación: Currículo. Yo era la responsable de una de las disciplinas obligatorias del curso y él estaba a cargo de una disciplina optativa en torno a la temática de la educación popular. Fuimos presentados formalmente en una reunión administrativa del Programa, y una semana después, cuando me encontraba sola en el salón de profesores, en el horario del almuerzo, revisando algunas notas antes de entrar a clase, Paulo Freire me tomó por sorpresa. Cuando entró al salón, me saludó y me dijo: “Niña, ¿tú sabes desarrollar el programa del curso que tenemos que entregar a la coordinadora? [traía una tarjeta en la mano]. Los temas que voy a tratar están aquí [me mostró la tarjeta]; no sé cómo colocarlos en el formato del programa que me están solicitando; ¿me puedes ayudar?” Yo no sabía cómo reaccionar. Con una mezcla de respeto, cortesía y timidez le dije que yo sabía lo que acostumbraba pedir la PUC/SP como programa de curso y que podría intentar incorporar el contenido del curso en el formato del programa; le dije además que se lo mostraría antes de entregarlo, con la finalidad de que lo revisara e hiciera las correcciones necesarias. Asumí esa tarea con gran responsabilidad. Me parece que ya adivinaba que ese encuentro sería el inicio de una relación privilegiada en la que se desarrolló una gran amistad y la posibilidad de un trabajo conjunto, singular. Después de esa ocasión tuvimos muchos contactos; el programa del curso fue un buen pretexto para ello.
Posteriormente el Programa de Postgraduados en el que trabajábamos fue reformulado y se propusieron seminarios para orientar las investigaciones de los alumnos. Paulo Freire y yo quedamos a cargo de la coordinación de esos seminarios. Para planearlos, Paulo acostumbraba llamarme para compartir un almuerzo o tomar un café en su casa; después “partíamos”, como decía, para realizar la planeación. Él procuraba siempre escuchar lo que yo pensaba acerca del siguiente semestre; después discutíamos bastante y llegábamos a la formulación de propuestas. Él insistía en resaltar que nuestros deseos, nuestros sueños como profesores, serían confrontados con los sueños de los alumnos, y por eso lo primero que hacíamos en el aula era discutir con los alumnos nuestras propuestas. Para la elaboración de los programas tomábamos en consideración sus expectativas, las posibilidades de tratamiento de la temática y las evaluaciones de los semestres anteriores hechas por los participantes del seminario. Esos diálogos con Paulo Freire siempre fueron muy productivos, enriquecedores y fraternales.
El primer día de clases escuchábamos a los alumnos para que sus necesidades y expectativas estuvieran contempladas en el proyecto de trabajo que se desarrollaría en el semestre. Esto se llevaba a cabo en el aula, donde nos organizábamos en círculo, creando así un ambiente propicio para el diálogo. Esta forma de situarnos le permitía a Freire dar suaves palmaditas a los estudiantes que se colocaban a su derecha e izquierda, en un gesto muy espontáneo, como si quisiera que le entendieran mejor, o bien para pedir a su interlocutor que participara. Quienes convivieron con él y tuvieron la oportunidad de estar cerca seguramente recordarán la expresividad de sus gestos. Era un hombre que hablaba con las manos.
Aunque los proyectos de los alumnos estuvieran en embrión, se preocupaba por estimularlos para que manifestaran sus sueños, hasta que estuvieran definidos o totalmente claros. A partir de la narración de sus proyectos, o de sus intentos de investigación, se pasaba a una segunda instancia en la que se trabajaba con las diferentes temáticas, hasta encontrar los ejes importantes en cada uno de esos proyectos y los “lazos comunes” entre ellos. De este modo se profundizaba en las temáticas fundamentales que confluían en los diferentes proyectos. Además de seleccionar los temas básicos de discusión, Paulo Freire consideraba que era importante proponer a los alumnos que se ejercitaran en la producción escrita y que discutieran su producción en el aula. Él me decía: “Vamos a proponer a los alumnos que en cada sesión, en cada clase, puedan actuar no sólo oralmente, en el momento, diciendo lo que piensan con respecto a los temas, sino que vamos a desafiarlos para que escriban pequeños textos, aunque sea de una página, y en la siguiente sesión escucharemos esas páginas y manifestaremos nuestra opinión sobre ellas.”
Esos modos de “ser” y de “hacer” de Paulo Freire, centrados en propuestas fundamentales de su obra, como son: el respeto al educando, el diálogo, la importancia de partir del conocimiento del alumno en el proceso de enseñanza-aprendizaje, la defensa de la autoridad del profesor y no del autoritarismo, la politización de la educación, fueron en ocasiones criticados. Paulo Freire no se cansaba de repetir las explicaciones, profundizando sus argumentos. Aún más, no dejaba de manifestar cierto justo enojo en relación con las críticas que le hacían sin fundamento.
La presencia de Paulo Freire en el aula siempre fue muy querida, determinante y significativa. Su actuación era discreta. A pesar de saber que sus palabras marcaban la diferencia, rara vez era el primero en hablar. Ejercitaba de esta manera uno de los saberes que en su último libro mencionó como necesarios para la práctica educativa: “saber escuchar”. Oía a todos atenta y respetuosamente, y sólo intervenía cuando lo juzgaba oportuno, o cuando alguien del grupo se dirigía a él. En esos momentos escuchábamos su voz suave que revelaba, sin embargo, una postura enérgica que invitaba a pensar sobre los desafíos presentados por él, en la dirección de una lectura crítica del mundo, en la defensa intransigente de la ética del ser humano y de la lucha a favor de los oprimidos.
El clima democrático y cordial del salón de clases permitía que los alumnos se iniciaran en la producción de escritos y al mismo tiempo pudieran externar sus dificultades. A veces Freire hacía exposiciones muy interesantes con respecto a la superación de las dificultades para producir un texto. Platicaba sobre la forma en que escribía; decía que a veces se sentaba ante una página en blanco y el tiempo pasaba sin que llegara la posibilidad de escribir. Con esto revelaba, en la práctica, el valor que necesita tener un profesor, según él, para exponer frente a la clase, expresando sus sueños, su ideología, su comprensión de la realidad y de la producción del conocimiento, así como sus sentimientos.
En el penúltimo semestre en que trabajamos juntos él estaba escribiendo el libro Pedagogía de la autonomía, que se terminó en septiembre de 1996. Al presentar la página que había escrito para discutirla en clase (era una página para la tesis de maestría que estaba realizando), un alumno le dijo: “Oye, Paulo, a veces tengo la sensación de que lo que escribo no vale mucho la pena, y me dan ganas de romper todo y tirarlo al basurero”. Él le contestó en tono incisivo y con buen humor: “No hagas eso, yo también estoy escribiendo un libro... (¡era su último libro!) y te puedo decir que si para ti puede ser un libro rompible, no es así. A veces yo también tengo la sensación de que lo que la gente está produciendo no siempre está totalmente bien, no siempre la gente está satisfecha con lo que hace”.
En casi todas las semanas que siguieron a este hecho le pedíamos a Paulo Freire noticias sobre su “libro rompible”. Un martes por la tarde llegó y dijo: “Hoy les quiero dar una noticia, ya terminé aquel libro rompible.”
Al comentar sobre su forma de producir, Paulo Freire sugería a los alumnos algunos procedimientos para enfrentar las dificultades de la escritura. Una de las cosas que decía que era muy seguro era revisar, al día siguiente, lo que se había escrito la víspera, releer lo que ya se había hecho, como una manera de volver a ver, reformular o ir adelante. Mencionaba constantemente otra práctica que él acostumbraba, y que nos recomendaba a todos nosotros: el uso de buenos y diferentes diccionarios. Tuve la oportunidad de visitarlo en su casa, en el estudio donde escribía, y observé que mantenía los diccionarios muy a la mano, para utilizarlos en todo momento. Apreciaba mucho la calidad del lenguaje, y por ello no dejaba, en el momento oportuno y siempre con mucha amabilidad, de hacer “algunas sugerencias sobre el lenguaje” a los alumnos. Decía que eso era como una necesidad, como un método para garantizar la “belleza” del lenguaje. En esas situaciones insistía en que la seriedad del educador no debe estar separada de la alegría, no debe estar separada de la estética. Insistía en que ser político, en el sentido de tener una orientación clara, un compromiso con el cambio, no nos exime de la responsabilidad de hacerlo de una manera estética, de una manera bonita, alegre y placentera. Decía, además, que no es necesario ser serio para ser sabio. Es muy posible y deseable que se practique la educación con buen humor, alegría y amor.
La gran oportunidad que tuve de convivir y aprender con Paulo Freire, en la Universidad, se amplió y profundizó cuando me invitó a dirigir la reorientación curricular de la Secretaría Municipal de Educación del Municipio de Sao Paulo
y coordinar el programa de formación permanente de los educadores. En nuestros encuentros de casi todas las mañanas, en su oficina, en un edificio de la Avenida Paulista, me encontraba con un hombre alto, elegante, de traje y corbata, cabellos blancos, casi siempre largos, con suaves ondas sobre los hombros. Bien dispuesto, llegaba puntualmente en las primeras horas de la mañana. Mostraba siempre su preocupación por los aspectos más generales de la política educativa. Me sorprendía la manera creativa y concreta con la que manejaba lo cotidiano. Quien se imagina al Secretario Paulo Freire como alguien que manejaba solamente las directrices más generales de la Secretaría de Educación, se engaña.
Con la experiencia de sus 70 años y con la autoridad de su saber, reconocido por muchos pueblos del mundo, tenía siempre algo nuevo que dar, en la perspectiva de poner en acción la política más general, avanzando paso a paso, rumbo a la construcción de una escuela pública, popular y democrática. En el lenguaje coloquial de Paulo Freire, era necesario “cambiar la cara de la escuela”; sin embargo, era fundamental que la escuela quisiera cambiar su cara y por ello requería ser respetada, consultada, ser sujeto de su propia historia. Analizaba detalladamente cada programa en proceso de desarrollo; estaba absolutamente atento a la lectura de la realidad, a los avances y dificultades, demostrando un profundo respeto por la historia y viviendo un tiempo de cambios con paciencia/impaciencia.
Se entusiasmaba con cada avance, por pequeño que fuera; el relato de acciones sencillas de escuelas que demostraban estar caminando rumbo a una escuela seria en la producción de conocimientos y, al mismo tiempo, alegre y democrática, era suficiente para mantenerlo animado y estimulado. Siempre me desafiaba con nuevos proyectos, casi todos atrevidos. Parecía que en las noches los soñaba y los hacía explotar al día siguiente, al rayar un nuevo día, en una atmósfera de claridad de propósitos, determinación, alegría y esperanza.
Con cada nuevo proyecto sus ojos mostraban el brillo y la emoción de un niño. Toda su creación, a pesar de ser osada, estaba rodeada por un marco democrático en el que el diálogo siempre era la piedra fundamental. Paulo Freire siempre escuchaba con atención los puntos de vista de su equipo acerca de todas sus propuestas. Escuchaba con prudencia, recreaba sus propuestas, estimulaba y daba espacio para nuevas propuestas; externaba sus preocupaciones, establecía parámetros.
Con Paulo Freire experimenté el verdadero sentido de lo que es la participación. Al contrario de la falsa participación que manipula colaboradores, centralizando todas las decisiones en las manos del jefe, y delegando la ejecución de sólo algunas tareas, la participación, en el equipo de Paulo Freire, asumió el más radical de los significados, caracterizándose como una verdadera participación en el nivel político. Esto significaba, en efecto, compartir las decisiones. Y hay que tomar en cuenta que pedir un equipo para integrar el proceso de toma de decisiones implicaba, necesariamente, una división del poder del dirigente. Paulo Freire dividía su poder como Secretario con su equipo. Y lo hacía con tranquilidad, pero sobre todo por convicción política. Eso no lo amenazaba ni lo hacía “menos poderoso”. Por el contrario, como él mismo decía en tono humorístico: “Soy el Secretario que tiene menos poder, y por eso, como contradicción, soy el que tiene más poder.”
Mi vivencia al trabajar con Paulo Freire, en cuanto gestor de una red pública de educación, se puede resumir como sigue: un enorme aprendizaje de política, de teoría y de práctica. Más que un aprendizaje, el privilegio de aprender lecciones de vida con un hombre que era sorprendente, especialmente por su coherencia.
Después de su fallecimiento, en su homenaje, la PUC/SP creó, en el segundo semestre de 1998, la Cátedra Paulo Freire, bajo la dirección del Programa de Postgrado en Educación: Currículo.
En la PUC/SP entendemos la Cátedra como un espacio para el desarrollo de estudios e investigaciones sobre y a partir de la obra de Paulo Freire, enfocando sus repercusiones teóricas y prácticas en el área de la educación, y la potencialidad de la pedagogía freireana para dar vida a nuevas ideas. En otras palabras, homenajeamos a Paulo Freire de la manera que creemos que le gustaría ser homenajeado, estudiando con rigor su pensamiento, para comprenderlo y para recrearlo.
Añoramos a Paulo Freire por su lucidez para interpretar los hechos del mundo, por su poder de indignación, por su contagioso amor a la vida y al ser humano, por su lucha incesante por la justicia, por la libertad, y por su presencia solidaria y siempre amiga.