
por Henry A. Giroux**
Paulo Freire: entre la persona y el político*
Conocí a Paulo a principios de la década de 1980, justamente después de que fui despedido por John Silber, el Rector de la Universidad de Boston. Paulo se encontraba entonces en la Universidad de Massachusetts dictando una conferencia, y lo invité a mi casa para cenar. Su sencillez no correspondía en lo absoluto con su reputación, y recuerdo que me saludó con tanta calidez y sinceridad que de inmediato me sentí totalmente a gusto con él. Hablamos largo tiempo esa noche acerca de su exilio, mi despido, lo que significaba ser un intelectual de la clase trabajadora, el riesgo que implicaba ser diferente, y al término de la velada se había desarrollado entre nosotros una amistad que duró hasta su muerte, 15 años más tarde. En ese entonces me sentía muy deprimido por haber sido despedido y no tenía idea de lo que el futuro me deparaba. Estoy seguro de que de no haber sido por Paulo y por Donaldo Macedo, también amigo de Paulo, no hubiera permanecido en el campo de la educación. A diferencia de muchos intelectuales que he conocido en la academia, Paulo se mostró siempre generoso, dispuesto a publicar la obra de los intelectuales más jóvenes y dando siempre lo mejor de sí mismo para ayudar a los demás. Los inicios de la década de 1980 fueron años muy estimulantes en cuanto a la educación en Estados Unidos, y Paulo era figura central. Juntos dimos inicio a una serie en Bergin and Harvey, y publicamos a más de 100 jóvenes autores, muchos de los cuales llegaron a tener una gran influencia en la universidad. Jim Bergin se convirtió en el mecenas de Paulo como su editor estadounidense, Donaldo en su traductor y coautor, y todos hicimos lo mejor que estaba de nuestra parte para traducir, publicar y distribuir los trabajos de Paulo, siempre con la esperanza de invitarlo nuevamente a los Estados Unidos para tener la oportunidad de charlar, beber buen vino y recordar las luchas que nos habían marcado de diferentes maneras. Desde luego, es difícil escribir sobre Paulo simplemente como una persona, ya que su manera de ser y la forma en que se introducía en nuestro espacio y nuestro mundo no se podría desligar del ser político que fue. Por lo tanto intentaré ofrecer un contexto más amplio de la forma como lo comprendo, así como sobre las ideas que modularon de manera consistente nuestra relación y su relación con los demás.
Entre lo político y lo posible, Paulo Freire ocupó la mayor parte de su vida trabajando en la certeza de que vale la pena luchar por lo más radical de la democracia, que la educación crítica es un elemento fundamental para el cambio social, y que la manera como ahora consideramos a la política no puede separarse de nuestra forma de entender el mundo, el poder y la ética hacia la que aspiramos. De muchas maneras Paulo personificó la relación cautivante y en ocasiones problemática entre lo personal y lo político. Su propia vida fue testimonio de su fe en la democracia, pero también la noción de que la vida de cada quien debería acercarse lo más posible a moldear las relaciones sociales y las experiencias que se encaminaran a un futuro humano y democrático. Al mismo tiempo, Paulo nunca moralizó acerca de la política, nunca utilizó un discurso culpígeno ni privilegió lo personal sobre lo político cuando hablaba de problemas sociales. Para él los problemas privados deberían entenderse en relación con los grandes problemas públicos. Todo en él sugería que la base de la política era la humildad, la compasión y el deseo de luchar contra las injusticias hacia los seres humanos.
La fe de Freire en la democracia, así como su profunda e indeclinable confianza en la capacidad de las personas para resistir el peso de las instituciones e ideologías opresivas, se desarrolló gracias a su espíritu de lucha fortalecido tanto por la terrible realidad de su propio encarcelamiento y exilio, que le produjo un fuerte sentimiento de indignación, como por la certeza de que la educación y la esperanza son las condiciones que encaminan a la acción y a la política. Profundamente consciente de que muchos conceptos contemporáneos de la esperanza están más bien en Disneylandia, Freire combatió esas ideas y luchó apasionadamente para recuperar el sentido de la esperanza mediante “el conocimiento de la historia como una oportunidad y no un determinismo”
según sus propias palabras. La esperanza, según Freire, consiste en una práctica testimonial, un acto de imaginación moral que permite a los educadores progresistas, y a otros, pensar de otra manera para actuar de otra manera. La esperanza exige una vinculación con las prácticas para la transformación, y una de las tareas del educador progresista es “develar las oportunidades para la esperanza, a pesar de los obstáculos que se presenten”.
En la política de la esperanza de Freire subyace una visión de pedagogía radical que se encuentra en las líneas divisorias en donde las relaciones entre dominación y opresión, poder e impotencia, se siguen manifestando y reproduciendo. Para Freire la esperanza como elemento definitorio de la política y la pedagogía, siempre significó escuchar a los pobres y trabajar con ellos y otros grupos subordinados, de tal manera que pudieran hablar y actuar para transformar las relaciones dominantes de poder. Siempre evitó el cinismo. Siempre estaba lleno de vida, disfrutaba lo que implicaba comer una buena comida, escuchar música, abrirse a nuevas experiencias y dialogar con una pasión que personificaba su propia política y confirmaba la viva presencia de los demás.
Comprometido con lo específico, conciente del papel que juega el contexto y de la potencialidad de lo que llamaba la naturaleza inconclusa de los seres humanos, Freire no ofrecía recetas para los que requerían soluciones teóricas y políticas inmediatas. Para él la pedagogía era una estrategia y una acción: la pedagogía crítica, considerada como parte de una práctica política más amplia para el cambio democrático, nunca fue considerada como un discurso apriorístico que debía ser validado, ni una metodología para ser implementada. Por el contrario, para Freire la pedagogía consistía en un acto político y de acción organizada en torno a la “ambivalencia de la instrucción cuyas fronteras están alteradas”,
una práctica para detener, interrumpir, comprender e intervenir, resultado de las constantes luchas históricas, sociales y económicas. Con frecuencia me sorprendía por su paciencia al hablar con las personas que le pedían recetas para los problemas de la educación sin darse cuenta que con ello cuestionaban la insistencia de Paulo en que la pedagogía no podía reducirse a un método. Su paciencia siempre fue una enseñanza para mí, y estoy convencido de que más tarde fui capaz de emularlo en mis interacciones con los grupos.
Paulo fue un intelectual cosmopolita que nunca pasó por alto ni los detalles de su vida diaria ni las relaciones entre éstas y el mundo. Siempre nos recordaba que las luchas políticas se ganan y pierden en esos espacios específicos, si bien híbridos, que unen los testimonios de la experiencia diaria con la fuerza del poder institucional. Cualquier pedagogía radical que se asuma como freiriana deberá reconocer la posición central de lo específico y de lo contingente en los contextos históricos y los proyectos políticos. Aunque Freire fue un teórico de la contextualización radical, también reconoció la importancia de comprender lo particular y lo local con relación a las fuerzas más amplias, globales y transnacionales. Para Freire el alfabetismo, como una forma de leer y cambiar al mundo, debía ser reconceptualizado como ejercicio de ciudadanía, de democracia y justicia, que son trasnacionales, globales. Lograr que la pedagogía sea más política, en este caso, significa que hay que ir más allá de las mentalidades tribales y desarrollar una praxis que permita situar en primer término “el poder, la historia, la memoria, el análisis de las relaciones, la justicia (no sólo su representación), y la ética como aspectos centrales en las luchas democráticas transnacionales”.
La insistencia de Freire acerca de que la educación radical se refiere al desarrollo y al cambio de los contextos permite ir más allá de las potencialidades políticas y pedagógicas que se encuentran en el amplio espectro de las prácticas sociales de la escuela; aunque las incluyen, no se limitan ellas. También planteó el reto de separar la cultura de la política, al insistir en la forma en que las distintas tecnologías del poder se insertan en las instituciones para producir, regular y legitimar formas particulares del saber, de la pertenencia, de los sentimientos y los deseos. Pero Freire no cometió el error de muchos de sus contemporáneos de mezclar la cultura con la política del reconocimiento. La política es más que un acto de interpretación, representación y diálogo; también consiste en la movilización de la sociedad contra las prácticas opresivas económicas, raciales y sexistas que se manifiestan en la colonización, el capitalismo global y otras estructuras opresivas del poder.
Paulo Freire dejó tras de sí un trabajo generado a lo largo de una vida de lucha y compromiso. Al rechazar la comodidad de las cátedras magistrales, el trabajo de Freire siempre fue desordenado y difícil de ordenar, inquieto pero comprometedor. A diferencia de la prosa académica y pública políticamente árida y moralmente vacía que caracteriza el discurso intelectual contemporáneo, el trabajo de Freire siempre estuvo impulsado por la opresión y el sufrimiento innecesario que atestiguó durante su vida en sus viajes alrededor del mundo. De manera semejante, su trabajo muestra una calidad vibrante y dinámica que le permitió crecer, rechazar fórmulas fáciles y abrirse a las nuevas realidades políticas y a nuevos proyectos. La genialidad de Freire consistió en su capacidad para elaborar una teoría de cambio social y de compromiso que no fue ni vanguardista ni populista. Al mismo tiempo que tenía una profunda confianza en la capacidad de las personas comunes y corrientes para cambiar la historia y para ser agentes críticos en moldear su destino, rechazaba las visiones románticas de la cultura y las experiencias que producían condiciones sociales opresivas. Al combinar el rigor teórico, la relevancia social y la compasión moral, Freire dio un nuevo significado a la política de la vida cotidiana, reafirmando la importancia de la teoría al abrir los espacios para la crítica, la posibilidad, la política y la práctica. La teoría y el lenguaje eran espacios de lucha y de posibilidades que otorgaban al sentido de la experiencia y a la acción una ruta política, y cualquier intento de reproducir la contradicción entre la teoría y la política fue sistemáticamente rechazado por él.
Freire amaba la teoría, pero nunca la materializó. Cuando hablaba de Freud, Marx o Erich Fromm, se podía percibir su intensa pasión por las ideas. Y sin embargo nunca consideró a la teoría como un fin en sí mismo; siempre la consideró como un recurso para comprender, comprometerse de manera crítica y transformar el mundo. Al afirmar que su alegría por tales asuntos era contagiosa nos estamos refiriendo a su propia personalidad y al impacto que tuvo sobre tantas personas que conoció durante su vida.
Tuve una relación cercana con Paulo durante 17 años, y siempre me conmovió la forma en la que su valor político y su capacidad intelectual se combinaban con su amor por la vida y su espíritu generoso. No estoy seguro si era el amor a la comida o a la música, o tal vez ambos, lo que permitió que su poesía se deslizara hacia la política. Y tal como lo mencioné con anterioridad, lo político y lo personal conformaron mutuamente la vida y el trabajo de Freire. Siempre fue el estudiante curioso, incluso cuando asumía el papel de profesor crítico. Al transitar de lo privado hacia lo público, revelaba un sorprendente don para que los que lo conocían se sintieran valorados. Su sola presencia personificaba lo que significa combinar la lucha política y el valor moral, dar un sentido a la esperanza y hacer que la desesperación sea poco convincente. A Paulo le gustaba citar la frase del Ché Guevara: “Permítame decir, a riesgo de parecer ridículo, que el verdadero revolucionario es aquél a quien lo anima el sentimiento del amor. Es imposible imaginar un auténtico revolucionario que no tenga esta cualidad”.
Aunque han pasado 10 años desde su muerte, no he conocido a nadie que haya personificado este sentimiento como Paulo Freire.