
por Alípio Casali**
“Así nació el educador de los oprimidos”*
Ginebra, Suiza, otoño de 1977. Programa de Educación de Adultos, del Consejo Mundial de Iglesias. En la sala de espera, dos profesoras brasileñas y yo aguardábamos, ansiosamente, que la secretaria nos mandara entrar. Ella acababa de entregar a Paulo Freire la correspondencia del día. –Finalmente voy a conocerlo, pensé–. Pasaron 15 minutos, media hora, una hora. La secretaria estaba más preocupada que nosotros. Gentilmente, consultó a Paulo Freire por teléfono, para saber si no se había olvidado del compromiso con nosotros. Él nos mandó entrar. Sentado en un pequeño sillón, Paulo estaba con una pila de cartas y papeles sobre el cuello. Lloraba.
En seguida nos dijo: “discúlpenme, recibí la noticia de que mi madre murió, en Brasil. Mi esposa Elza está en África, yo estoy solo en Ginebra. Esperen, por favor”. Desconcertados, nos sentamos y nos solidarizamos con él en aquel momento difícil de su vida. Luego continuó: “hace 13 años que no veo a mi madre y ahora no podré verla nunca más…”. Su voz cerrada fue poco a poco dando espacio a una infinidad de emociones que emergían con cada recuerdo que rescataba: el de la madre hogareña, fuerte y cariñosa; el de la madre trabajadora incansable; el de la madre educadora, determinante y respetuosa. Recordó la peregrinación de ambos por las escuelas de Recife para conseguir una beca para un niño que no quería dejar de estudiar. Paulo desinhibió, poco a poco, su memoria, y nos reveló sus experiencias más profundas de estudiante-trabajador. Nos mostró cómo todo su trabajo de educador y todos sus libros se alimentaban de aquel periodo decisivo de su vida como educando.
Así nació el educador de los oprimidos, pensé. Por ese momento, mi primer encuentro personal con Paulo Freire es inolvidable.
Cualquier educador o persona con un poco de sensibilidad percibe rápidamente la fuerte vinculación de Freire con la vida y con los otros seres humanos. Él ya había marcado mi trayectoria profesional desde que leí La educación como práctica de la libertad, en 1971. Esa lectura me llevó inmediatamente a otro de sus textos, La pedagogía del oprimido. En esas dos obras se me reveló un nuevo referente para la práctica pedagógica: el diálogo entre educador y educando. Después de haberlo conocido personalmente, en 1977, y después que tuvimos una convivencia profesional cotidiana en la Pontificia Universidad Católica de São Paulo, en 1989, esa influencia se consolidó. Yo empecé a tener, además de buenas razones para pensar en la educación como una acción de diálogo, argumentos aún mejores de carácter testimonial. Paulo Freire escribió sobre el diálogo en la educación: él mismo era un testigo viviente, denso, íntegro, de aquello que escribía. Eso se convirtió en una experiencia fundamental en mi práctica pedagógica y en mi vida personal.
Hoy, a 10 años de su muerte, veo a Paulo Freire como un notable pensador todavía contemporáneo, principalmente porque:
- Afirma positivamente la dignidad de los millones de excluidos del mundo, víctimas del injusto sistema dominante del mundo;
- afirma el valor y la importancia estratégica de la acción pedagógica-cultural-política de esos excluidos como sujetos en comunidad, para superar ellos mismos su exclusión;
- afirma el diálogo y la ética como las cualidades centrales en esa acción;
- implica a las personas como subjetividades ancladas por vínculos afectivos, personales y culturales, y
- porque tiene como perspectiva de toda acción la transformación de aquello que deshumaniza en nuevas condiciones de vida, humanizándolas.
Con Paulo Freire viví dos episodios que siguen siendo buenos ejemplos de su personalidad: el primero revela su vida cotidiana ingenua, sencilla y llena de buen humor. Me llegó a comentar algunas de sus dificultades con las lenguas extranjeras, aunque no se avergonzaba de hablar mal o erróneamente una lengua. Por ejemplo, me contó que en Ginebra una vez fue al mercado a comprar queso (en francés, fromage). Se dirigió al vendedor y le pidió medio kilo de chômage (chômage, en francés significa desempleo). El vendedor lo miró sorprendido mientras Paulo repetía: “chômage, Monsieur, quiero medio kilo de chômage”. Cuando finalmente se dio cuenta de su equivocación, se rió mucho, pero el vendedor permanecía serio y enojado. Entonces Paulo le dijo: “Puede estar tranquilo, Monsieur, yo no quiero su chômage, al contrario, al comprar su fromage yo estoy contribuyendo a evitar su chômage…”
El segundo episodio que quisiera compartir en estas líneas es una lección de interculturalidad. Es una historia conocida, que vale la pena recordar. No sé si la reproduzco con detalles correctos, pero la moraleja de la historia es la misma. Paulo Freire cuenta que salía de un hotel en Dar es Salaam, capital de Tanzania, en esa ocasión, con un profesor local, y ambos se dirigían a la universidad. En el camino iniciaron una animada conversación. De repente el profesor tanzaniano tomó su mano, entrelazando sus dedos en los dedos de él y así siguieron tomados de las manos por la calle, como es la costumbre local cuando dos amigos conversan. Paulo, originario de una región de Brasil en la que los hombres cuidan mucho rituales sociales que pongan en duda su masculinidad, se sintió avergonzado, y la primera cosa que se le ocurrió fue mirar a su alrededor para ver si alguien lo observaba en aquella situación “comprometedora”. Sin embargo logró recuperarse rápidamente y pensó: “Hay alguna cosa equivocada en mi cultura que me hace rehusar un gesto de cariño y amistad…”.