Ir a la página principal
 
Ir al Sitio Web del CREFAL
  REVISTA INTERAMERICANA DE EDUCACIÓN DE ADULTOS
 
 
Ir al índice de la sección

Principal > Aula Magna > Paulo Freire: Sus virtudes, su generosidad, su personalidad

 

 por Ana Maria Araújo Freire**
Paulo Freire: Sus virtudes, su generosidad, su personalidad*

Quiero destacar aquí algunas de las cualidades más grandes de Paulo que formaban la parte más profunda de su ser, de su inteligencia, de su vida; su generosidad, su amor, su fe y creencia en los hombres y en las mujeres; su esperanza, su sencillez, su curiosidad y osadía en el pensar, en el hacer y en el actuar, su constante buen humor y sentido de justicia, su capacidad de ser leal con todos y con todas y consigo mismo, sin apartarse del comportamiento radicalmente ético; su serenidad y forma respetuosa de establecer relaciones de horizontalidad y convivencia con todos.

A ese trato amable, a sus virtudes, a las innumerables, auténticas y profundas maneras de ser y de comportarse frente al mundo y con el mundo y las personas. En el fondo la humanidad de Paulo, su deseo inmenso de que todos y todas pudiesen ser más seres, es lo que yo llamo la nobleza de Paulo. Esas virtudes se desarrollaron en él al mismo tiempo por su coherencia en el ser, el conocer y el valorar dialécticamente, complementándose una en la otra. Estas cualidades-categorías explican la comprensión histórica, utópica y teórica de la educación liberadora, justificadas por su propia manera de leer y de enfrentar el mundo, sustentadas en sus intuiciones, emociones y sentimientos.

No quiero ni puedo separar sus cualidades como persona de su obra teórica porque aquéllas están incorporadas en ésta. No hay dicotomía entre su ser en el mundo y lo que propone en su obra. Su manera de comportarse como hombre público, como educador de la praxis, como educador ético-político comprometido y como hombre en extremo devoto de las relaciones familiares y de la amistad, de un lado, y su praxis y obra de otro, se fundieron dialécticamente porque él fue, éticamente, coherente. Es así que para describir alguna de sus cualidades como persona busco su obra teórica sin preocuparme de la división que pudiera haber entre ellas. Él era así, y le gustaba ser así: sentimientos, emociones y razón eran parte del mismo cuerpo consciente, por eso no puedo ni quiero separarlos, así como él no lo hizo.

Paulo fue, sin duda, un hombre sensible, fuerte y apasionado contra todo lo que estuviese fuera de los principios éticos y de sus creencias político-ideológicas. Su manera utópica de hablar y escribir su epistemología, y tan frecuentemente metafórica para contar sus historias, fue inigualable. Con su manera de respetar a los demás, con su honradez y franqueza, pero sobre todo con su inteligencia creadora y revolucionaria de hombre inconforme con las injusticias que han sido históricamente impuestas a gran parte de hombres y mujeres, se preocupó, escribió y luchó casi toda su vida de una manera muy especial.

Paulo fue un hombre que creyó en la palabra, que para él era acción, era praxis, por eso mismo tuvo mucho cuidado con su uso; no sólo correcto, bonito, adecuado y poético, sino político. Desde joven se enfrentó a la abstinencia de la palabra. Me dijo algunas veces:

Orgulloso y feliz, pero modesto y consciente de su posición en el mundo, Paulo vivió su vida con fe en Dios y en los hombres y mujeres con mucha humildad, sensualidad, sencillez y alegría; con seriedad, convicción y deseo de transformación. Aprendió con todos y todas, más que nada con los grupos oprimidos, y luchó, de manera crítica, para la superación de sus relaciones de opresión y en contra del opresor; vivió intensamente las tensiones y los conflictos de la vida, siempre esperanzado en las posibilidades de un necesario cambio en el mundo. Impacientemente paciente luchó, con tolerancia, coherencia y respeto a las personas y a todos los seres, por largos años de su vida, por un mundo más justo y más bonito. Paulo nunca dejó de soñar los sueños verdaderamente democráticos.

Cuando algún periodista o estudiante le pedía un mensaje respondía sin pestañear: “Hijo mío, sólo el Papa da mensajes”. Desde que estudió y trabajó en el extinto Colegio Oswaldo Cruz, de Recife, Paulo entendió aún más lo que había aprendido con sus padres; la importancia de la generosidad de Aluízio y Genove Araújo a través de la enseñanza y del afecto dados por mis padres y su desprendimiento de las cosas materiales, cualidades que luego fueron buscadas y construidas por Paulo para ser más persona, para convertirse verdaderamente en un educador y en un hombre público.

Quien conocía mínimamente a Paulo podía percibir, de inmediato, su capacidad de escuchar con atención, tocando y mirando a una u otra persona que lo necesitara, con un grado de acogimiento tal que, al hacerlo, enseñaba y aprendía al mismo tiempo. Respetaba y era respetado, aceptaba y valoraba el decir, la idea, las intuiciones, los sentimientos, la voz del otro y de la otra. Se hizo así un maestro de los sueños, de los deseos, de las ansias y de los intereses legítimos de los otros y de las otras porque resonaban su propio sentir, desear, entender, reflexionar, actuar y escribir todo eso sistemáticamente. Resonaban en todo su cuerpo, en su cuerpo consciente.

El hecho de tocar el cuerpo de las personas fueron cambios afectivos intensos que proliferaron en otras formas de comunicación que, casi siempre, se hicieron epistemológicas y antropológicas. Eso en el fondo denota la coherencia de Paulo, pues él no dividió jamás el saber del sentir; la razón de la emoción; el ser del decir; el conocimiento de la sensibilidad; la generosidad de la esperanza; la esperanza del amor, porque lo suyo era generosidad esperanzadora y no generosidad hipócrita.

Su capacidad y voluntad de escuchar la voz de los otros en las circunstancias de la vida con sensibilidad, amor y cuidado que lo provocaba epistemológicamente, iban en ese camino de búsqueda. El haberse posicionado siempre contra la cultura de la violencia, existente en la historia humana, y forjar una filosofía eminentemente generosa y esperanzadora –humanista y liberadora– es la mayor prueba de eso.

Partir de esas premisas para comprender bien el mundo ya es en sí un estar siendo que rebasa el simple estar en el mundo. Es ese estar con el mundo que implica estar con todos los hombres y mujeres, con todos los otros seres del mundo. Y ese modo de estar con, viniendo de lo mas profundo de su ser, refleja su nobleza conscientemente construida, que proviene de sus cualidades, sobre todo del amor, de la esperanza y de la generosidad.

Se sentía a gusto hablando con las personas de las clases populares. Valoraba sus ideas, manera de hablar, costumbres y creencias. Todo eso le provocaba sentimientos de solidaridad, compasión y cooperación y le permitía entender más dialécticamente, con ellas y a partir de ellas, su peculiar acto de escuchar la filosofía, la política, la ciencia y la propia vida.

A partir de esa capacidad poco común de escuchar al pueblo, de oír, acoger y elaborar las ideas, las razones, las necesidades, las aspiraciones, los dolores y las alegrías de los hombres y de las mujeres comunes es que Paulo creó una teoría del conocimiento tan concreta, tan engranada, tan revolucionaria y con tanto rigor científico. Su teoría del conocimiento tiene concreción porque partió de su apertura para escuchar, sentir y emocionarse con las clases populares.

Paulo tuvo muchos amigos y amigas; recibió el afecto y el cariño de hombres y mujeres por donde pasaba, conversaba, daba clases o conferencias. Generalmente era muy grande la receptividad de los oyentes cuando él hacía sus discursos. Tenía un magnetismo que emanaba de todo su cuerpo a través de su mirada. Le dije algunas veces: “Naciste para el palco… para ser conferencista o cantante…”.

Sólo una vez me tocó ver que lo abuchearan en público, ciertamente la única en su vida. Fue en una reunión con educadores y educadoras de la Secretaría Municipal de Educación de São Paulo, en el Parque Anhembi. Sin avergonzarse, Paulo no tuvo ninguna reacción negativa. Entendía que el público generalmente abuchea cuando no concuerda con lo que oye o con la situación creada por el orador o la oradora. O también cuando la persona halaga a otra que el público no acepta. Ese fue el caso. Paulo había nombrado a una funcionaria de la Red en reconocimiento por su lucha organizada y su valentía contra el gobierno autoritario del presidente municipal Jânio Quadros, pero los y las educadoras de la red municipal no estuvieron de acuerdo con el comentario de Paulo ni con la actuación de la nombrada.

Nadie aplaude, decía Paulo, aquello que no representa una parte de sí mismo, de sus deseos, de sus ansias o de sus pensamientos, de sus ideas. Quien aplaude al otro está aplaudiendo a sí mismo. Quien abuchea, está abucheando en el otro o a la otra lo que no encuentra en sí o lo que no le gusta en sí.

Era tolerante y tranquilo, pero suficientemente agresivo para defender su espacio personal y profesional. Nunca ofendía, pero tampoco soportaba que lo ofendieran. Abominaba a los injustos, los explotadores, los “dueños” de personas, las maledicencias, “hablar mal de la vida ajena”, y sobre todo las traiciones y las injurias.

En nuestro último verano en Pernambuco estábamos en el centro de Recife, en la avenida Guararapes, comprando algunos discos de música clásica. Hacía mucho calor, Paulo salió de la tienda y se quedó afuera, esperándome. Oí a un hombre que decía a gritos: “¡Hijo, éste es un monumento nacional! Fíjate bien en él, es el famoso Paulo Freire”. Salí para “auxiliar” a Paulo de ese discurso que sabía que lo estaría inhibiendo. Cuando los dos estaban frente a mí, Paulo permanecía inmóvil, impactado. Después pudo hablar:

Durante horas revisaron todo lo que les daba la impresión de ser “material al servicio del comunismo”. Insatisfecho con la denuncia ya hecha, aquel hombre, un joven entonces, corrió a alcanzar al grupo militar que ya partía y dijo maldosa y sumisamente: “Coronel, el más subversivo de todos no fue atrapado.”
Paulo tomo aire, respiró hondo y no paraba de sudar. Después continuó:

Paulo jamás perdonó a aquel hombre por su capacidad de traicionar al pueblo, de someterse al poder, por considerarlo cobarde y malediciente; porque sé cuanto sabía amar, por eso mismo tenía una rabia profunda. La justa rabia, decía, es una emoción que moviliza a las personas. La reacción del cuerpo de Paulo en aquella tarde caliente de Recife, en enero de 1997, me dio la impresión de que él no había disculpado a aquel hombre. Paulo vivió las contradicciones humanas en su cuerpo consciente, y nunca las negó. Creo que a más de dos personas Paulo nunca entendió ni perdonó; su enorme capacidad de amar y respetar no fue suficiente para eso. No perdonó nunca a los que fueron “para el otro lado del río”, expresión que usaba para referirse a los que habían negado los sueños utópicos de justicia y democracia.

Ese estado de discernimiento ético de Paulo se amplió en su teoría y praxis, marcándolas con su cuerpo consciente y con su alma generosa y lúcida, porque él no sólo pensó y escribió dialécticamente, sino que materializó la dialéctica de las contradicciones; él abominó con todas sus fuerzas a los envidiosos, a los vengativos y a los que se imponen valiéndose de sus posiciones para faltar a su deber de cualquier forma y en cualquier situación. Paulo marcó su posición en el mundo también por haber tenido una compasión enorme por aquellos que no saben ser firmes en sus posiciones; fue respetuoso con las preferencias y decisiones ajenas o leales a sus compañeros de lucha.

Quiero decir que en Paulo no hay neutralidad. Está a favor de qué y de quién, o contra qué y contra quién, del ¿por qué? el ¿cuándo? el ¡porqué! Y sabemos que él estuvo a favor de los explotados, de los oprimidos, de los desarrapados del mundo, de los que necesitan de justicia y libertad; de los que quieren vivir plenamente sus sueños legítimos, ya sea a nivel personal o social.

Trabajó intensamente desde muy joven y dormía muy poco hasta su madurez. En su “vejez” sintió la necesidad de descansar; pensó en disminuir, nunca en abandonar, su ritmo de trabajo. Alargó su período de sueño y para recuperarse durante el día no hacía siestas, optaba por “pasear en coche” para ver gente, paisajes verdes y lugares perfilados por la belleza. Le gustaba el dinamismo de la vida urbana y el sol caliente brasileño, las noches quietas y claras para sentir la vida, en la contemplación de la luna y las estrellas. Fue un hombre ligado a los problemas concretos de la realidad social, pero le gustaba “descifrar” las formas de las nubes blancas en los cielos azules, sentado en las arenas de la playa o desde la terraza de nuestro departamento en Piedade, Pernambuco. Era tan sutil en sus análisis sobre los hechos “triviales” de la vida, de lo que venía del pueblo y de su modo de conocer –el sentido común– como cuidadoso en sus análisis teóricos científicos y en el dejarse llevar por sus fantasías de niño… por las fantasías de su curiosidad estética.

Como buen nordestino, a Paulo le gustaba el calor de las aguas y caminar por la arena blanca de las playas. Después del exilio perdía el ánimo con el frío que traía consigo lo oscuro de la eterna noche y se complacía con el calor que el sol fuerte y luminoso del Noreste brasileño impone a todos y a todo.

Caminábamos mucho por las mañanas en las arenas de la playa de Piedade o por la calzada que nos llevaba de nuestro departamento hasta la “Terminal de Boa Viagem”, siempre al final de la tarde, el sol poniéndose, el calor dejándonos… En el “mercadito” siempre lleno de turistas y de gente de la localidad, admirábamos y algunas veces comprábamos artesanía nordestina: bordados y tejidos, cerámicas, maderas talladas, hamacas para descansar o para dormir, cada vez más coloridas y con bordes más trenzados, bisutería hecha de cáscara de coco y de conchas coloridas del mar; comida fina y apetitosa de toda clase para deleite de quien no quiere perder sus raíces: buchada de bode, sarapatel, pé-de-moleque (pastel crocante hecho con azúcar moscabado y diversos aromatizantes, relleno de castañas de cajú), Pastel Souza Leão (muy famoso en el país, preparado por primera vez por la familia que le dio su nombre, la receta se mantuvo escondida por años y hoy es de dominio público), pastel de fubá, bolo-de-rolo, grude de goma asado en hojas del plátano. Angu, mungunzá, pamonha y canjica auténticos que tienen como uno de los ingredientes la leche de coco que resalta el sabor del maíz. Maíz cocido y maíz asado; cacahuates cocidos o asados, pasas de cajú y de carambola. Y tantas otras cosas sabrosas que hacen agua la boca del comensal… Siempre comíamos a la misma hora una tapioca calientita con coco rallado. La de Paulo, absolutamente tradicional, sin queso. Cuando yo pedía la mía con queso asado decía: “esos son inventos a los que no me quiero adherir”. Tuvo una fidelidad enorme a las comidas de su tierra, a lo que aprendió a comer con su madre, ¡y Elza se vio “obligada” a seguir por ese camino! Decía que él había jurado sobre la Biblia y la bandera de Pernambuco que no traicionaría a su tierra, a partir de la fidelidad a la comida… Decía con cierto orgullo: “Jamás comí fondue en Suiza o quesos mal-olientes en Francia, casi morí de hambre en Inglaterra y en Japón…”. Sus “traiciones” nunca fueron más allá de la cocina de los países del Mediterráneo: Portugal, España y Grecia…

Así, la comida típica nordestina, cuyo sabor guardaba en la memoria, era casi exclusiva en su menú. No cambiaba por nada una “galinha de cabidela” servida con frijoles o un pescado con leche de coco, servido con frijoles sazonados con cilantro y leche de coco. Saboreaba la buchada de bode, el zarapatel, el cocido pernambucano y la feijoada paulista. ¿Nieves? Sólo las de “frutas tropicales”: pitanga, cajá, graviola, mangaba… Nunca tomaba una nieve de crema, de chocolate, de nueces… ¿Dulces? De jaca y guayaba sobre todo. ¿Frutas? Mangos, jaca, papaya, zapote, araçá, plátanos, sobre todo el plátano-manzano, piña, carambola, graviola, cajú…

 

Anterior 1 2 3 4 Siguiente
 

 

 
Revista Interamericana de Educación de Adultos, Año 29/ No. 1 enero - diciembre 2007
nueva época.
 
 
 
AUTORES EN ESTE NO.

Alberto Blandón

Alipío Casali
Ana Carolina Hecht
Ana Claudia Matos
Ana Ma. Araújo Freire
Ana Ma. Méndez Puga
Ana María Saul
Arturo Sáenz Ferral

Blas Regnault

Budd Hall L.
Carmen Campero
Francisco Ruiz Solís
Gabriela Arévalo Guízar
Heinz Peter Gerhardt
Henry A. Giroux

Jorge Jairo Posada

Jorge Rivas Díaz
José Ramón Flecha

José Rivero

Luis de Tavira
Mario Sergio Cortella

Oliver Kozlarek

Pedro Pontual
Rigoberta Menchú Tum
Rosa María Torres
Samuel Escobar
Stella Araújo - Olivera
Sylvia Schmelkes
 
Revista RIEDA en formato pdf del año 1978 al 2004
 
 
Todos los derechos reservados ®
Revista Interamericana de Educación de Adultos.