 por Mario Sergio Cortella**
La humildad pedagógica de Paulo Freire*
El primer año que entré en la Universidad para cursar Filosofía (en 1973), Brasil todavía vivía la misma dictadura que había exiliado a Paulo Freire durante 15 años; en ese año leí (a escondidas) una edición clandestina de La educación como práctica de la libertad y quedé impactado por la rabia que ahí se manifestaba contra los homicidas y liberticidas cotidianos. Más tarde, cuando el Maestro Paulo regresó del exilio, yo estaba entre las miles de personas que fueron a recibirlo en São Paulo. Lo conocí personalmente después, en las actividades educacionales y partidistas, cuando él fue Secretario de Educación de São Paulo (1989-1991). Fui su Jefe de gabinete y tuve la honra de substituirlo en el cargo (1991-1992), cuando pasé también a ser el último (y único en los cinco años anteriores) director de Doctorado.
Conviví teóricamente con él por más de 30 años, pero pude compartir personalmente sus ideas, inspiraciones y amistad durante 17 años; eso significa que mi práctica está apoyada en él, especialmente en la Pedagogía de la Esperanza. De todo lo que aprendí con él, lo más importante fue la humildad pedagógica, esto es, la necesidad de ver el diálogo como reciprocidad vital en lugar de mera relación momentánea entre dos personas.
A Paulo Freire le gustaban mucho los chistes; siempre que nos encontrábamos me pedía que le contara alguno. Después, se reía sin hacer mucho ruido, balanceando la cabeza y cerrando los ojos complacido. Tenía la alegría de los que saben ser combatientes, pero era implacable con la negligencia, la desatención y el descuido; por eso, aun cuando estaba mal humorado, lo sabía manifestar con elegancia.
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